Vera
(La sutileza fluídica de la substancia de Eros)        
Por Villiers de L´Isle-adam

Muy bien podría  refrendarse la existencia de una tríada sublime, en el sentido del Kalpa indostánico, en el cual, los ciclos de fecundidad se reconstruyen aportando en el magín hominal un luminar de fecundidad estética que endilga a los demás.
Tal acontecimiento acaeció en el siglo XVI, una vez Ronsard, Du Bellay y Scarron diseminaran desde su pluma el magma prístino de sus bellas letras.
Es Francia a su vez lo que en mitad del siglo XIX devuelve a la humanidad un ternario sublime a este respecto: Gautier, Nodier y De L´Isle-adam.
El escritor francés Villiers de L´Isle-adam ha tenido la oportuna veleidad, el cortejo de obsequiar al lector, amante de las bellas letras, un donadío cuya hermosura deja en el alma un sabor a sutileza, etereidad y elegancia. El áspid de su discurso literario gusta de serpentear entre sinuosidades, librando estelas luminiscentes a doquier.
Y es que, lo Bello, el sentir de lo Bello, en su expresión más estética, hermosea, musicaliza y aterciopela los objetos de cuya incidencia su decurso se conmisere en palpar, o por mejor decir, en acariciar; y en haciéndolo, las cosas sencillamente se lenifican como rindiéndose ante ese fulgor delicuescente que aureola su pluma.

Vera, trata de un amor, deliquio conyugal rayano en lo voraginoso, en lo feérico, en lo deal, amor de poeta, poetizante y poetizado, amor profesado como tal solamente por un vástago de las musas. En plena hegemonía idílica, donde el lirismo del alma deviene sublimación y donosura, donde cada instante pareciese arraigarse a los ímpetus de lo efímero, el conde de Athol pierde a su amada, Vera.
Empero, esa peculiar tozudez poética o bien, esa clarividencia inherente a todo liriólogo, le confiere la certitud al conde de optimizar la ausencia física, tal como lo perpetrara un mistagogo versado en la alternancias de los elementos relacionados a los cuerpos paralelos adscritos a todo ser animado.

Adquiere la positura de un auténtico rapsoda, flordelisando los instantes a intensas vivencias, algo así como si amase la intangibilidad del amor, practicando formas de su ser inmanente en la espacialidad donde no cabrían las hormas de la imposibilidad, palpando la idea, tan acuciosamente, tan miríficamente que, las grandilocuencias ministradas al espacio, podrían forjar la segunda presencia de manera casi tangible.
Cada ápice substancial en los objetos que otrora se sincoparan en su tacto, fueron próvidamente reimbuidos con una ingeniería de restitución sinestésica que, por cada suspiro, las formas de pensamiento hirmaban su imagen con la diafanidad de un esmaltador obrando una reconstrucción.
Y tal fue esa similicadencia de tributaciones astrales, mentales y fluídicas, que su fausto liriológico consiguió materializar a Vera entre los velámenes de la temperie mundana, hasta que, la importuna evidencia disolviera su consumación espectral, quedando el ánima del amante sumida entre la tenebrura de la desolación.

En De L´Isle-adam existe, como un bello sortilegio que arroba el alma, una poetización morfosintáctica, que posee el buen gusto en la escogencia de las palabras fonéticamente estimulantes, agradables, deliciosamente embolismáticas y perturbadoras, en cuyo seno, lo relatado despliega la magia de sus fonemas, mismos que resuenan en ese oído del alma mediante el cual se escuchan las dicciones del pensamiento, las elocuciones del espíritu.

En lo que respecta al mundo exterior de la obra, o como apostillaría Malherbe los puntos referenciales por donde el alma se polariza, todo se reviste de misterio, algo así como un halo ódico por donde  lo circunstante pareciese flotar en colmenares de nimbo, de cierto numen nostálgico que embebece el santiscario. Todo goza de bien matizadas cromaticidades, cual si se tratara de un óleo de Delaroche, donde los colores le prestan a las cosas sus personalidades hasta llegar a la personificación, hasta alcanzar esa prosopopeya pictórica donde los matices poseen un idioma propio.
Su pluma ornamenta, poetiza, sutiliza y estremece por la profundidad metafísica y numinosa, hondura dimanada de un romance librado con el Daimon de lo Bello, con el hada de las simetrías.

En el plano subjetivo de su excurso lírico, el artífice divaga sobre las aguas de una geografía sentimental cuyos remansos se pierden en las concavidades de la terneza patológico-relacional, otorgando a sus enunciados, el viso de una hermosa fantasmagoría inspirada.

A los cultores de lo Bello, estetas,
onirómanos y liróforos, es esta
una Pluma, cuyos vuelos se miden
por la hondura, en lo alto de su
Simetría!
J.M.G