Mademoiselle de Maupin
(La Belleza encarnada en la sublimación de un espíritu visionario)
Argumento
A guisa epistolar, esta novelación cifra sus conmensurabilidades en narrar el esbatimento existencial de dos almas, atribuladas por las reyertas de su inherencia ideóloga y refractaria.
Ampárase la primera vertiente, en determinado paroxismo lírico en la modalidad de un rapto confesional, y ello en torno al efebo D`Albert, protagonista de la obra, cuyo prurito redacta sus epístolas dedicadas a cierto confidente, aparcero de siempre (Silvio). La segunda venera expresiva explicitaría sus ahíncos desde el ánima de una efélide de ascendencia provinciana (Mademoiselle de Maupin), cuya desazón humoral es debidamente circunstanciada a su propia condiscípula (Graciosa).
Ambos corazones se encuentran distanciados, más que por las magnitudes de la espacialidad y la circunstancialidad, por una diacronía trascendental de mera metatemporalidad, efecto que les impele a buscar sin encontrar y encontrar lo no buscado, a lograr extravíos en los dédalos de sus almas, pero que a la postre, consiguen engastar su esencia cualitativa en la consumación del furor idílico.
En los extremos de una misma línea, la cual conforma un mismo horizonte, D`Albert y Maupin emprenden la tamización trovadoresca en su búsqueda, más que del amor como tal, de un sentido apreciativo del mismo. En las medianías de dicha línea argumental, se encuentra un personaje mediando como hilván de centralidad, cuya función, como es lo metafísicamente concurrente en los planos consuetudinarios de la vida, establece y representa un arcaduz. En la existencia de Rossete, sobrestimada jovencita por los afeites de la viudez, ávida de vulneración por las saetas del ángel volandero, cegato y armado con el arco de los delirios, estos dos caletres encuentran, más que una finalidad, el medio para ensayar sus prospecciones amatorias.
Mademoiselle de Maupin, alertada por una conturbadora perspicacia, emprende un periplo, exclusivamente obrado a fin de escudriñar al género masculino, mismo que le espolea y le conduce a transvestirse con la gama bucólica de indumentos varoniles, efecto por el cual se licencia para echar a andar la magnitud de su proyecto.
Por su parte, D`Albert, despunta en su aventura, participando de una vehemencia, sustantiva y deplorante, propiciada por su filiación a la perfectibilidad de la belleza, e inicia su trayecto en una maison de tolerance.
Rosette, en la menesterosidad de su condición se deja requebrar, y ensaya con ambas partes retozos de martelo, afectación y garzoneo.
Prendada Rosset de Mademoiselle de Maupin, que al momento representaba el papel de Thèodore de Seranmes, idealiza una marcada dependencia hacia la suficiencia galanteadora del joven arribista, cuya personalidad recibiera los encantorios de un doble hechizo amatorio, a saber, la cualidad de su inmanencia femenil y sus galanteos de corte masculino.Sin poder lograr desencastillar su querencia, Rossete, se marcha a la aventura y, encontrando en la persona de D`Albert un chivo expiatorio, le utiliza dramatizando afectaciones de enamoramiento, cual si fungiese como un proyector de su auténtica pasión, encarnada en la humanidad del joven Serannes. Y, de igual manera, la entonces utilitarista del numen sentimental, termina siendo objeto de uso, a su vez como proyector de un amor netamente etéreo, carente de las máculas de la imperfección, sublimado, idealizado, nada más ni nada menos que por el joven rapsoda D`Albert.
La velada venustidad de Mademoiselle Maupin, es develada por el joven vate, cuya virtud, como leiv motive, estriba en ser un cultor de lo Bello, transparentación que su retina de poeta le permite descubrir, entre uno y sendos motivos de malogrados subterfugios y representaciones del todo averiadas, hallazgo que, como era de esperar, termina despertando en el pecho del versificador, una afluente de arregosto y amartelamiento, aún más pertinaz por su naturaleza bizarra y novedosa.
Mademoiselle de Maupin
- Narrador: Primera persona del Omnisciente.
- Género: Realismo fantástico
- Tono: Nostálgico
Fuero caracterológico en los personajes de la Obra
- D`Albert: Este efebo de marcado humor saturnino, acomodado e inmerso entre las molicies del ocio de la burguesía medianamente acomodada, es un vástago de las Musas. Su alma, como la de todo poeta, yace tozudamente prendado de la Belleza, una belleza que, disintiendo de la idea platónica en su propincuidad con la esencia del Bien, estaja, soberbial e impertérrita hacia los maestriles del panal de Venus, la diosa de la forma, en sus visos palpables y practicables, en su connotación religada a la esfera de Physis. Posee este joven, en el haber de su fuero humoral, los requisitos imprescindibles para encarnar al Cisne melancólico de la Poesía: soledumbre, desencanto, pernicie, holguras, amor a lo bello, filiación por lo inasequible e idealización de lo arquetípico femenino, desterrado, claro está, de lo patéticamente humano.
- Mademoiselle de Maupin: En su mocedad, es un alma antigua la que reflorece, análogo a un turbión nocturnal, mellando esa diafanidad ingenua de una adolescencia escindida por una moldura ortodoxa. Oportunamente suspicaz, esta moza, heredaría, sin lugar a hesitaciones, la proclividad por alentar en su espíritu la idealidad como indisoluble condición de solvencia anímica y existencial. Es soledosa y tiene en prominente estima los fulgores de la belleza, un tanto más extremada por los alambiques del ideal moral, una forma del alma, translucida en la virtud dela humana inmanencia. Carente de prejuicios, es aherrojada por ideas de experimentación y avatares de probatoira existenciaria.
Análisis tropológico de la Obra
Siendo el aticismo de este estilógrafo lo suficientemente feraz y capaz, el despliegue de sus cláusulas literarias, matiza, casi por riesura gravitacional e imantativa, entre el neptunismo de esas linfas tropológicas, que en las atildaduras de la inspiración representan aluviones de color y geometría.
Para este pintor francés, para este esmaltador cuyos esmaltes son matizados en la cromaticidad de sus palabras, sonoras de luz, lumínicas de sonoridad, ya angulosas, encontradas u oblicuas, la realidad no representa más que, una especie de emplaste de mera maleabilidad, en virtud de la cual consigue, sin mayores tribulaciones, distender su substancia, entornándola aquí, retorciéndola allá, broquelando celosías de contornos, de giros y diversidad de ángulos, perfilando en sus diseños la indeleble expresión que devela los influjos, innegables, del astro del amor, de la forma y del deseo.
- <<Por consiguiente, espero las cosas que deseo, en lugar de arrojarme hacia ellas, y suelo descuidar bastante las facilidades que se abrirían favorables a mis esperanzas. Otro, redactaría el más amoroso billete concebible a la divinidad de su corazón, o buscaría la ocasión para acercarse a ella. Yo, pido al mensajero la respuesta a una carta que no he escrita, y paso el tiempo forjando en mi cabeza las situaciones más maravillosas para presentarme ante la que amo bajo el más inesperado y favorable aspecto. >> (Mmslle d M.)
¿Acaso, un regolfamiento de escorzos en el lienzo de un pintor, en el que, el potaje del color, devolviéndose en sí mismo, interpreta la sinuosidad de un ángulo, no produce ante el espíritu una suerte de sensación y de efecto de concéntrica moción, análogo al ovillejo de orladura entre el despliegue del alma? En el sentido de lo específicamente rítmico, esta figura del pensamiento produce un efecto contrapuntístico, que se trasluce a la manera de un remanso donde las notas, unas a otras, se persiguen, a fin de adquirir mayor fuerza.
- <<Si, por ejemplo, digo: iré mañana, es certero que me quedo; si me propongo acudir al cabaret, voy a la iglesia; si mi deseo es asistir a la iglesia, las calles se me enredan bajo los pies como madejas, y me encuentro en otro lugar distinto; ayuno cuando he decidido celebrar una orgía, y así sucesivamente. >> (Mlle. de M.)
Encomiable es observar la manera en que, su pincel escorza los motivos de su propia y muy original prosopografía. Sus stocatas llevan una superposición de matices, antítesis cromática cuya consonancia deviene la exaltación de un rasgo; sus líneas sobrenadan, unas sobre las otras, propiciando una pleamar de contrastes, siempre bellos, isócronos y armoniosos, otorgándole a la obra la necesaria demarcación de contraposiciones.
- <<Así es exactamente la amante que tendré. Blonda, con ojos negros, blanca como una rubia, y matizada como una brunela, con algo de grana y refulgente en su sonrisa. El labio inferior un tanto ancho; las niñas de los ojos flotando en un raudal de humedad; el pecho redondo, pequeño y turgente; magras las muñecas, luengas las manos y gordezuelas, el andar ondulante, cual sierpe erigida sobre su cola; las caderas colmadas y movedizas, anchos los hombros, la nuca esmaltada de pelusilla. >> (Mlle. de M.)
Monsieur Gautier, edifica sus personajes, no ya con la consternación del rigor plástico, pues, su matière primière es extraída desde la singularidad de otros mundos, de otras idealidades, supliendo con la substancia de metáforas el lugar de fragmentos constitutivos propios de la corporeidad, una alegoría aquí, un símil acá, artífice que impetra sus materiales en lugares, fabuladamente distantes del almacén de la tierra.
- <<Ves acaso ese bello cisne melancólico, que despliega su cuello armoniosamente y remueve sus mangas como alas? Es la modestia en persona, lo más casto y virginal existente en el orbe. Nívea frente y corazón de hielo, pese a sus miradas de madona y su sonrisa de Inés. Envístela blanca veste y el ánima de semejante envestidura. No laurea sus cabellos sino con flores de de azahar u hojas de nenúfar, y está sujeta a la tierra tan solo por un bramante, sutil y filustre. >> (Mlle. de M.)
Acorde a la ambientación poética es el mundo subjetivo del poeta, cuyo ideal desmerece las acritudes imperfectas adscritas a la realidad, encontrando, en lo ya idealizado de los insignes tocados por la musa, un oasis en el cual poder abrevar y reinsertar, en lo sujeto a mácula y defecto, la virtud de lo coronado por lo precioso.
- <<Oh, célicas criaturas, bellas vírgenes, diáfanas y áticas, que bajáis los ojos de hierba doncella y unís las manos de lis en los cuadros de los viejos maestros alemanes, santos de los policromos vitrales, mártires de los misales que tan dulce sonrisa mostráis en enovillados arabescos, y aparecéis tan rubias y frescas en corola de las flores! Oh, bellas cortesanas tendidas desnudas sobre vuestras largas y sedosas cabelleras, en lechos sembrados de rosas, entre cortinajes púrpura, con vuestras pulseras y collares de gruesas perlas, vuestro abanico, y los espejos donde el poniente pende en la sombra de una resplandeciente lentejuela! Muchachas morenas de Tiziano, que voluptuosamente exponéis las ondulantes caderas, los muslos prietos y apelmazados, lisos los vientres y el dorso flexible y musculoso. Diosas antiguas que elevasteis vuestro albo fantasma en las sombras del jardín. Todas formáis parte de mi serrallo; una tras otra, os he poseído…>> (Mlle. de M.)
El fuero metafórico en el que este parnasiano abreva, constituye el emporio más recalcitrante del mundo del arte. Son metáforas impuras, puesto que, su pincel entresaca elementos circunscritos a lo fenoménico, entreverándolo con las numinosidades de lo mítico, hilvanando su figuración, desde lo intangible a lo tangible y viceversa.
Las metáforas, en la subrepción de su ámbito develador, se dan la prebenda de matizarse entre varios sentidos de valencia e imaginería de sucedánea sinestesia y alternante movición, tal como si se tratase de una efigie translúcida y tornátil, de visos retráctiles, deslumbrantes y decorosos.
- <<He cometido un gran error: pedir al amor algo que no es el amor. He olvidado que el amor estaba desnudo; no he comprendido el sentido de tan maravilloso símbolo. Le he solicitado vestidos de brocado, plumas, adamantes, un espíritu sublime, ciencia, poesía, belleza, mocedad, la potencia suprema. Todo eso que no es, porque el amor no puede ofrecer más que lo que es, y quien pretenda extraer de él otra cosa, no es digno de ser amado!>>. (Mlle. de M.)
- << ¡En qué raudales de irrefutables éxtasis, en qué lagos de puras delicias deben de nadar quienes son alcanzados en el corazón por una de sus flechas con punta de oro y se inflaman en las amables ondas de una llama mutua!>>. (Mlle. de M.)
- <<En el fondo de su alma hay un serrallo de bellas ideas, rodeado por un triple muro, y del que está más celoso que sultán alguno estuviera de las odaliscas. >> (Mlle. de M.)
- ¿Quién nos ha dado la idea de esa mujer imaginaria? ¿Con qué arcilla moldeamos esta estatua invisible? ¿Dónde hemos cogido las plumas, fijadas en la espalda de dicha quimera? ¿Qué ave mítica depositó en un obscuro rincón de nuestra alma el huevo inadvertido del que brotara nuestro sueño?>> (Mlle. de M.)
El recurso topográfico en esta composición novelística descuella en carices primordialmente bucólicos. Aun cuando se blasone de una condición de superación en lo concerniente a la naturaleza, au fond de l´âme, el escritor admira la obra de Natura, como si se tratase de una pintura de égloga, fabulosa y colmada de misteriales efectos.
El arrullo propiciado por las estancias descritas, es dueño del encantorio de las profundas correspondencias, de lo furtivo entre umbrosidades, y toda la cinética de las narraciones sutiles con las que, lo nemoroso, sabe embelesar a las almas prendadas de lo fantástico.
- <<Había un bello claro de luna, ¿te acuerdas? Nos paseábamos juntos por el fondo del jardín, en aquella triste alameda y poco frecuentada, rematada por un lado con la estatua de Fauno interpretando la flauta, sin nariz y con el cuerpo cubierto de un musgo espeso y ennegrecido, y del otro costado, por una perspectiva simulada, dibujada sobre el muro y medio borroneada por la lluvia. A través del follaje de la enramada se veían brillar las estrellas y agrandarse la hoz en argento de la reina nocturna. Un aroma de brotes recientes y de novísimas plantas nos llegaba del parterre con el lánguido soplo de una brisa ligera; un pájaro oculto gorjeaba un trino melancólico y singular. >> (Mlle. de M.)
Existe en esta obra literaria, y en general, en la cosmovisión gauteriana, una díada de realidades alternas constantemente relacionándose, amalgama por demás hermosa y feraz en diversidad de dimensiones, cualidades y magnitudes. La naturaleza obedece a la Fantasía, sus elementos naturados establecen la naturación sui generis de soliviantar sus cometidos e instaurar otros mundos en el mundo.
- <<Este sí que es un teatro singular! Vermes de luz hacen las veces de quinteros; un escarabajo se encuentra ante el atril, llevando el compás con sus anteras. El grillo desempeña su parte, el ruiseñor es primera flauta, los pequeños silfos, surgidos de la flor del guisante, sostienen bajos de cáscara de limón entre sus bonitas piernas más blancas que el marfil, y hacen vibrar no sin pujanza de sus brazos los arcos hechos con una pestaña de Tiana sobre cuerdas de hilo de tela arácnida. >> (Mlle. de M.)
Su culto por la belleza sencillamente le arroja hacia todo aquello constitutivo que participa de lo Bello, pues, su influjo ejerce una imantación tal que, las formas contempladas templan el espíritu entre motivos de arrobamiento cuyas líneas persiguen acariciantemente los trazos ensoñados, con una mirada tan potente que, es visibilidad en lo táctil, que torna potable los repliegues, nutriéndose y fusionándose al extraviarse entre el ser de dichas composiciones.
- <<Mi mirada, indolente y satisfecha posaba, con creciente fruición, de un magnífico jarrón sembrado de dragones y mandarines a la zapatilla de Rosette, y de ésta al borde de su hombro, que relucía como la batista. Quedábase suspendida en la trepidación de los pétalos del jazmín y en los rubios cabellos de los sauces de la orilla, cursaba el agua y se paseaba por la colina, de nuevo regresando a la habitación para posarse en los lazos color rosa del largo corpiño de una pastora.>> (Mlle. de M.)
Juicio valorativo de la Obra
¿De qué manera podría pretenderse, en la contextura de esta obra literaria, desvincular al autor del narrador, del internuncio literario con la auténtica expresión de su alma? La novela, en la totalidad de su magnitud, es un manifiesto existenciario, mismo que comprende las filiaciones ideológicas y sentimentales, en inclusión de los raptos hiperestésicos de un artífice, en la ontología emotiva de su vocación y convicciones.
En el translúcido sílex de estas páginas, refulgentes de irisaciones y brocados, de orladuras y estético lirismo, brota, como el livor de una miosotis recién abierto, la declaración que dictamina la preeminencia de la belleza ante la copiosa enormidad de todo aquello que no participa de su luz.
Un principio plástico es el regente de esta temperie de este cosmos, esteta, por inherencia, estilístico, por convicción, consonante, por inmanencia, cuya proclividad entronízase exclusivamente en la forma, la forma como pivote genitor de la substancia material, la forma como expresión del espíritu, numen que se encuentra más allá de la fenomenización, depauperada y mermada de la realidad física no laureada por valores estético-trascendentes.
¿Qué reseñar del aspecto meramente estilológico, si su pulcritud, rayana en la filigrana, es deflagración cegadora para aquellas ojos, en demasía avezados a arregostarse con la excrecencias propias de las sombras anegadas a lo desprovisto de la belleza, y es claridez para todo amante de la forma? Su pluma, sin merma alguna, hiende las alturas del firmamento donde planea, sobrevuela y retoza, graficando arquivoltas, arabescos y alunaciones de refinamiento y de certidumbre sintáctica, preñada de sublimaciones e inesperados giros, transparentes, coruscantes y mesurados. Es un retablo de entramadas aristas y nervaduras, que jamás se tocan, aun cuando no dejen de acariciarse insinuantemente. Esta joya literaria, en mi opinión, debió haberse escrito en versos alejandrinos, como el veritativo poema que es y representa.