El exorcista
(El eje derivativo de lo que es por contraste)

William Peter Blady

<<Ser el constante acompañante de lo que
debe ser establecido, consiste en no ser la
contra-entidad de una no existencia absoluta,
que posee el mismo sujeto de inherencia que
lo que debe ser establecido. No ser el constante
acompañante del argumento, consiste en ser la
contra-entidad de alguna no existencia absoluta
en lo que posee la naturaleza de un argumento>>.
(Tarkasamgraba Annambhatta)


Willian Friedkin
(Dirección)
 
El orden genesíaco del referente al Séptimo Arte

La travesía, del todo secular y gravedosa, atingente a las tradiciones cabalistas o bien, de transmisión netamente oral, ha propugnado el artificio de evocar imágenes a través de un estructuralismo prosódico e idiomático.
Los pivotes fundamentales, en virtud de los cuales gira esta metodología, no son representados más que a través del recurso correlativo a la entidad de las palabras, su morfosintaxis, fonaciones, emplazamientos y predicaciones. Este organismo, vertebrado de fonemas, sememas, morfemas, preposiciones y locuciones, sería debidamente propalado por toda suerte de trovadores, rapsodas y bardos, mismos que, otrora, dábanse a la aventura de referir lo épico, escorzando, sin carencia de metro y rima, eventos, por lo general, de incumbencia heroico-tradicionalista.

El imaginario del oyente, mesmerizado  y estólido, imbuido de la hilaridad argumental, en las plazas o azogues comunales, consiguiendo concatenar dichas epopeyas, atiplábase en el fuero de imaginerías florecientes y relacionales, cuyo diástole imaginativo, no podía más que evocar los acontecimientos narrados. Dichas evocaciones, se tamizaban de entre los alambiques inherentes de cada perceptor, tal como si sus suficiencias imaginacionales representasen escenarios, vívidos y plenos, sucediéndose en seriaciones subjetivas y no menos emotivas, hilvanándose en esos rubros heurísticos, de captación y barrunto, de estupefacción y anhelo.
  
Del seno relativo a las tradiciones orales, surgirían pues, eclosiones cada vez más miméticas, más dramatizadas, en cuya sincronía, tanto moción, cronometría y espacialidad, realizarían una exención más tangible, más próxima, así como más congruente. El narrador, interactuando y como, dejándose poseer por las líneas argumentales de los personajes y, consecuentemente, permitiendo a la expresión corporal llevar a cabo una aritmética entre proposiciones orales y gesticulaciones veíase imbuido, transido, embebecido. El narrador, al protagonizar, se despersonaliza para encarnar el numen de los relatos, y conferir, desde el basamento de su corporeidad, sincronizaciones gestuales, pespuntes fonéticos y ademanes, en sintonía con  la relación narrativa, desde la cual, el espectador, expandiría el campo de sus imágenes noemáticas, hacia ramificaciones objetivizadas desde la subjetividad pontificia del trovador-protagónico.

Es a partir de este vértice historiográfico, en donde, el maderamen, traviesa tras traviesa, viga tras viga, conforma el cuadrante de los entarimados, abrotoñando como un brote vernal, centenares de escenarios, constelando plazoletas y parques, bocacalles y establos.
Las imágenes narrativas, ya entreveradas en la periodicidad de sus temporeros, se encuentran menos distantes de lo mimético-vinculativo, y más próximas al marco representativo, cuyo efecto, se antoja, al momento, sugestivamente encauzador ante la astringencia sentimental del espectador. El testigo, se confronta con el hecho de atender, en la inherencia de su imaginario, otro sincretismo de imágenes, ajenas al suyo.
Desde este semieje divergente, la fundamentación escénica cobra una valencia sustantiva y medular. El espectador, en las ciernes del hábito recién adquirido, comienza a transigir, desde la mirilla de su subjetividad, al respecto de la escénica cimentada en la modalidad de los espacios teatrales.

De entre un follaje de letras suspenso en el éter, linotipistas y daguerrotipos, erigen, progresivamente, los sustentáculos donde la imprenta izaría su sistema troquelado. Sí, ese akasha (éter) que los tantristas indos estipulaban como un relicario de emisiones mentales y emotivas, habría almacenado sinnúmero de leyendas, afanadas por encarnar la mediación más idónea, más efectual y menos vagarosa. Al parecer, el Plano de las Ideas, en las teofanías de su metabolismo, para ese entonces, adolecía de cierta indigestión imágica, tornando inasequible para la orza del alma, en la mente, acervar un ápice más en sus haberes. De esta cuenta, es el papel, ulterior al papiro – claro está – y su espacio constelado de moléculas, ávidas de tintura, apoltronadas y expectantes, el receptáculo ideal para sustentar la marejada de tantísimas églogas, epopeyas y versificaciones.

Una vez impresas las páginas, los antes oyentes y espectadores, se abandonan a la privanza de los libros, no sin antes haber participado del desdén de ciertos cenáculos, de prestancia conventual y elitista, blasonándose de alfabetizados, siendo, estos mentecatos, los supuestos privilegiados.
Sin embargo, el tiempo, asaz remisible, exculpa a instancias de un alma colectiva, por demás acuciosa de lectura, al ímpetu gregario, homogeneizando así las progresiones discursivas de los enunciados literarios. Transcurre el tiempo, y tras su velamen, toda una Era zodiacal se afianza con riesura, a fin de dar continuidad a secuencias avatáricas de similar envergadura en la transmutación de cómo, las ideas, tornándose palabras, las proposiciones en meras dramatizaciones, éstas en libros y, éstos, en su debida alquimia, vuelven a retrotraerse hasta su fondo dramatúrgico, solo para aquistar más potencialidad y terminar de cernir su ámbitos escénicos bajo la umbela del guión cinematográfico.

Desde los albores de este resplandor, tanto, espacios y tiempos interpretativos, se funden en una alternancia escénica de mayores prerrogativas. En este sentido, se elucida que, las ambientaciones, poseían un marco meramente realístico, más acorde con aquellos magines un tanto invalidados para asimilar las secuencias trovadorescas, y no se diga, las relaciones morfosintácticas y gramaticales, concebidas en su emporio imágico-vinculativo y sublimado. Cuando este fenómeno aquista ya toda una evolución, fotocromática, secuencial y refractiva, es entonces donde se amparan todas las posibilidades para trasladar ese fuero realístico, a la progresión de metrajes aconsonantados con el asunto de variopintas tramas, entre las que figurarían, las epopeyas, los dramas de factura romántica, de blasón caballeresco, todo, transubstanciado del papel al cortometraje y, de éste, a su extensión más afianzada, de cuyos metrajes se deflagrarían argumentos completos.

Al respecto de cinematografía, distintos tópicos, en sus diversos géneros, han visto la cimera de su realización. El guión, emparentado con las mesuras estéticas, endilgó el despliegue, episódico y sincrónico, ya de contenidos vinculados a las beligerancias épicas, lo idílico, lo documentario, la comicidad, los patetismos, lo biográfico, el surrealismo, el aspecto simbolista y sin dejar en medición, el experimental.

La Ontología del Horror y su síntesis cinematográfica

En el decurso de estas difracciones asimilativas, los guiones no dejaron de espigar de entre el recipiendario de enunciados literarios, cuya numinosidad, se anegaba al protoplasma de ejes simétricos, aspectándose hacia riquísimos argumentos, henchidos de una estética vinculada al horror.
Si, dentro del fluido trascendental y ubicuo, adscrito al inconsciente colectivo – utilizando terminologías de laya psicológica – existe, aun cuando no circunscrita al plano de la realidad física, toda una seriación de principios de ontología geométrica, vibracional y, por ende, numérica, entonces, tal y como lo refrendarían los teúrgos caldeos, habría en este plano, simientes arquetípicas, translucidas a la manera de Imagos. Estas Imagos, siendo como tal, derivaciones arquetípicas, serían asimiladas por el cuerpo sutil del individuo, a través de una sucesión de vórtices de incidencia centrípeta y concéntrica, hasta determinarse – en el imaginario – como formas predefinidas y en potencia.

Aun cuando así, grávidas de conmensurabilidad y proporción, de medida y simetría, estas Imagos, desplegarían la causa formal de su inmanencia, tan nítidamente delimitada, como se consigue concebir un paraje edénico, una florescencia vernal y colorida, un rostro constelado de hermosura, etc. Empero, desde estos mismos principios estéticos, surgiría, a lo que en este momento se atiende, su antípoda. Conmensurabilidad, medida y simetría, elementos transvasados en la justa adecuación para transmutar la hermosura de lo Bello, en lo Bello de lo espantoso: el Horror y su entidad misterial que propicia el arredro, proporción de lo entitativo en una modalidad tan contundente en sus carices, así como se suscita la entidad del sufrimiento, en cualquiera de sus visos, al punto de tornarse en la naturaleza humana, un efecto inherente de repulsión y arredro.

 Los aspectos inmanentes de la naturaleza, en la conformación de sus reinos, librando  concernencia de lo naturado bajo medidas físicas, cuya imagen confieren a las facultades sensitivas un sentido “sombrío”, un estajo de apariencia cruenta, rampante o morbífica, de cierto natural agresivo y nada pasivo, ello es asequible evidenciarlo en diversidad de manifestaciones. ¿Qué posee en su natural el búho, el murciélago, la sierpe y tantísimas variaciones de batracios y ovíparos acuáticos, cuya sola presencia despierta en el fuero interno de cualquiera, reacciones no precisamente correlativas a la ductilidad, la terneza y el sentido de candidez? Pues, no más que lo anteriormente explicado, a saber, su propia inmanencia, cuya ascendencia naturativa se inspira en ejes relacionales de imperativos asociados a potencias de la naturaleza misma.
Siempre a este respecto, cabría formularse el siguiente cuestionamiento. En el sentido de reacciones connaturales, aplicadas al ámbito reflejo y consciente de un ser humano, ¿Cuál podría ser el vértice determinativo en virtud del cual, su reacción se vincule al horror, una vez se enfrente al epifenómeno de una tormenta, arrolladora y tremebunda, en contraste con la contemplación de un paisaje forestal, apacible y colmado de matices que evoquen la ternura?

En esencia, en quididad, el isomorfismo de esta manifestación entitativa, conformaría la homogeneidad de una
misma energía, solo que, escindida en dos maneras, de tónica diversa, de distinta expresividad ontológica. Antaño, los primeros nómades, ya trovadores, ya transidos por tamaña motivación inspirativa, poetizaron ambas expresividades manifestativas y, en haciéndolo, surge, desde las imagos arquetípicas, el logos redentor de lo ignoto, constriñendo y azuzando a conferir las nomenclaturas propias a su proximidad inmanente, en el tiento sucesivo y probatorio de estimaciones sintácticas, fonemáticas y, sobre todo, semánticas.

A la entidad percibida, inherente a la tormenta en cuestión, se le considera una fuerza antitética, devastadora, dolorosa, en el caso de haber destruido cultivos, sendas, aldehuelas, prados o viñedos. Y, de esta cuenta, se  equidistan nomenclaturas, se asignan epítetos, en relación a este tipo de sinergia conturbativa. Semiótica y semánticamente, se estipulan consideraciones axiomáticas que la relacionan con lo contrario a lo benéfico, hasta tipificar su ser como un “mal”, el mal entitativo, la ontogénesis del mal, concebida desde esta epistemología aproximativa e inductivo-analógica. Milenios después, estas mismas consideraciones, ya conceptuadas, ya definidas e inclusas en el ideario e imaginario de las “civilizaciones”, se encuentran tan arraigadas a su conceptualismo, a usuras de nutrir concepciones religiosas, por mencionar un binario de estas: ya judaísmo o cristianismo. Se abreva del lóbrego manantial, donde, rebulle este “mal” en potencia, hasta devenir toda una cosmología teocéntrica, cuyo cometido cumplimentara a cabalidad su maquinación de incubación horrífica.
Los tratados demonológicos, no son más que traslaciones copísticas de tradiciones arcaicas de índole mistérica. Bad, personifica una entidad, que preside las tormentas, en la mitología persa; Bali, es una entidad infernal de la mitología hindú; Givattama, deidad que preside la euforia de la embriaguez, en la mitología indostánica; Yama, deidad de la noche, la muerte y la zozobra en la mitología védica; Narfi, personificación de la noche eterna en la mitología escandinava, y así ad infinitum.
Así, en la circunyacencia de este patrón personificador por parte del imaginario humano, es ya innúmera la concepción de entidades a este respecto, como innumerables son los ejes derivativos de lo ignoto y sus barruntos gnoseológicos.

El mal (Causación de unidad y emancipación)

La fecundidad, inseminación, incubación y propagación de esta modalidad de energía, auspiciada en el viso de un sentimiento, consecuentemente eviterno en sus principios ontogénicos, siempre ha requerido de un Imperativo circunstancial y circunstante.
La mistagogía indostánica, egipcia y caldea, concibió una manera representativa y proactiva de la energía en mención, en virtud de la cual, la suficiencia de su ubicuidad naturativa – compenetrada en todo ámbito formativo, relativo a las expresiones de la naturaleza –, vehiculiza  potenciaciones de índole inmanente en la contextura, ya de lo instintual como de lo sentimental, propiciando, correlaciones circunstanciales en su secuencia de causación y compensación, configurando así toda una dimensión de efectos eslabonados en su pivote nutricio.

A dicha forma de energía, las aludidas culturas la denominaron Daimón, elucidando su ontología como un ser mediador entre lo terrenal y lo supraterrenal. A esta entidad no es asequible adjudicarle ningún calificativo, en lo referencial a “benéfico” o “maléfico”, ya que, se direcciona en relación al sentimiento que lo encauza o la naturaleza individuada que lo re-anima y le confiere su propia luz, a través del crisol de su especificidad endógena.
Así como los cloroplastos de toda planta absorben y sintetizan la luz solar, de análoga manera, esta entidad, en el decurso de varios milenios, fue sintetizando, asimilando y absorbiendo una homogeneidad patógena y ritualizada, en cuyas usanzas, el holocausto era tan solo menudencia. Fue la gran Sumeria, la que le diera nacencia, develando en la suficiencia de su numen, una relación con la peste, la destrucción y la desolación, razón por la cual, se le tributara sacrificio, culto y todo un rito mistérico devocional, con la finalidad, más que de evocar su fuerza, de preservarse de su ira. En el rigor de la consecuencia, la develación, demarcación, adoración y “alimentación” de esta energía, adquiere una suerte de agente intelectivo de animación, esmerado y proyectado desde cada emisión mental, desde cada proyección emotiva, en su concomitante significación con lo maléfico y malhadado. El viento del sudeste era una de sus más eminentes manifestaciones, su personificación, la de un hombre, alígero con rostro perruno; su nomenclatura: Pazuzu.

No fueron pocos los nigromantes sumerios quienes, subvirtiendo los edictos de preservación de esta entidad, imantaran su poder con la expresa prospección de insuflar, en el organismo de ciertos enemigos, la vis destructiva de su principio deteriorador, acidulante y corrosivo. Cuando los amuletos eran ya insuficientes, determinados mistagogos, se avenían, con toda una ensarta de armisticios ritualísticos, a la procura de expulsar la entidad, situación que, en la mayoría de las veces concluía con el deceso de la víctima o así su depauperación orgánica, o bien, una insania evolutiva, que carcomiese su cordura.

Reivindicación de los Evos

Alrededor de las primeras cuatro décadas, circunscritas al siglo XX, en el norte de África, cierto eclesiástico, adscrito a la Orden de Jesús y detentando laboríos arqueológicos, y cuya vocación habría antojado expulsar esta suerte de entidades, estaría a un punto de abandonar la sotana y el Libro del ritual, en tremebundo deceso. Este exorcismo, nada nimio y en demasía prolijo, casi le cuesta la vida.
Sublimándose en la propia sublimación de su vocación, de los presupuestos adscritos a su fe, de su imaginería e idearios, católico-romanos, este Daimón, habría adquirido, también en el transcurso de unos años, toda una “tamización demonial”, inspirada en los cánones evangélicos del Antiguo Testamento, de los fascículos demonológicos y teológicos, para direccionar su condición programable, influenciable y practicable.     
Y a este respecto, ¿cómo no concebir tamaña tamización desde la entidad trascendente del aludido Daimón, si fueron años en cuyo decurso asimilativo, la entidad en cuestión fuera absorbiendo y abstrayendo los enunciados noemáticos imbuidos en el magín del párroco (Lankaster Merrin), donde cada célula y sus síntesis en su contexto neuronal, abrevara, por cada millonésima de segundo, las cláusulas e imaginería correspondiente a lo demonológico y teratológico, ya arrullado por fascículos como el Melleus Maleficarum, el Bestiario demonial (Agrippa), y toda la iconografía fraguada y figurada por los alféreces catecúmenos? En la sencillez de tamaña complejidad astringente y asimilativa, esta entidad, se habría “instruido” y formado desde la información canónico-ritual habida en la cerebración y aspectos relacionales y conceptualizados que el eclesiástico fuera estructurando a lo largo de su pronunciación vocacional de fe y de servicio.

La entidad daimónica, debidamente informada y direccionada desde la esfera neuro-transmisora del religioso, se desarrolla, al punto de integrar parte de su sintonía emotiva, prospectiva y cardinal en el aspecto de sus motivaciones y ponderación de sus ideas y voliciones. De manera implícita es asequible inferir en la trama del largometraje que, la energía esciente de la entidad daimónica, sabida de sus proyecciones al respecto de ciertas indagaciones en torno a la redacción de un libro, el septuagenario habría de solicitar a la diócesis ubicada en Georgetown (Washington), una localidad a propósito para la consumación de sus proyectos arqueológico-literarios.

La depauperación de una eticidad bilateral

En ese hilo de plata de la ubicuidad circunscrita al inconsciente colectivo o egrégore, esta larva fluídica aspecta su influjo maridando el centro de situaciones eminentemente sentimentales, desde dos ángulos. En el primero de ellos tenemos a un individuo, frisando los albores de sus treinta años, ejerciendo el celibato de su condición eclesiástica, austero, soledoso y dubitativo. Su nombre, Damian Karras. Karras atraviesa un estadio de preeminencia existencial, en cuyos fondos, del todo amarulentos y acedados, se muestran los sendos sentidos de la desolación, de un déficit de fe y convicción.
Una disyuntiva le atosiga ininterrumpidamente, al encontrarse entre la claudicación de su sacerdocio y entregarse, de lleno, a la carrera de psiquiatría no hace mucho licenciada. Allende la patogenia de esta dubitación, surge en tal situación, una tercera problemática, una vez el clérigo, en medio de sus continuas diligencias, no deja de pasar por alto el desmedro anímico y mental de una madre cuya soledad le atribula, viéndola ahí embutida en un tugurio de las áreas marginales de la capital norteamericana. Bajo esta sotana una duda metódica arrulla su crescendo, quizá, su ascendencia itálico-sureña, quizá patrones genéticos, le abacoran, le azuzan, cada vez con más recurrencia, a nutrirse con égidas escépticas.
Sin embargo, la entidad daimónica, en la condición pantomórfica del alma colectiva eclesiástica y anegada a esta región y a esta orden jesuita, ya efunde sus instancias, substancializándose a guisa de prospecciones, hesitaciones y correlaciones anímico-sentimentales, dentro de la temperie mental de este sacerdote, así como de sus carices circunstanciales. La valencia y suficiencia de esta larva astral, transfigurándose en el dédalo de sus onirismos, se anuncia a través de diversos signos y símbolos, a través de sensaciones y barruntos. El Daimón en Damián es ya toda omnipresencia y concomitancia, encontrándose donde éste se encuentre, representándose en la modalidad de los episodios adscritos a su cotidianidad, a lugares, parajes, establecimientos, diálogos y consideraciones de factura moralística, ya en el entuerto de su viso decadente.

Antaño, los nigromantes sumerios, los auríspices egipcios, los magos etruscos, consideraban el influjo propiciado por las lunas de Sagitario como plataformas mágico-operativas, a fin de extremar invocaciones del todo abrumadoras. Es otoño, la estación autumnal y sus ábregos, barloventando desde el sudoeste, difunden la algidez de sus cierzos en una alfombra mágica de augurios, melancolía y nostalgia.
Es otoño y, en la correspondencia zodiacal, este lapso implica una adaptación de la semilla en la tierra y su ambientación, una metamorfosis, así determinando el movimiento inquieto de las células. Es otoño, y los caducifolios, otrora multicolores, ya deshojan, mostrando los ramajes en posituras del todo tétricas.
Es otoño, y Júpiter sublima su exilio hacia Mercurio, dando plazo al trasiego de ánimas temporeras, licenciadas para difundirse en esa conmemoración mágico-teúrgica, antaño celebrada en Escocia, justo en el umbral del día postrimero de octubre, en la que, entidades del plano astral poseían obvenciones transmigratorias. Es otoño y, en el particularísimo fondo de esta región donde, el Potomac y la profundidad de sus corrientes, genera brumas, celliscas y fluviales contristas, regolfándose y distendiéndose como una sierpe surgida de entre las cráteras de Virginia occidental, cerniendo toda la ufanía de sus escamas, mismas que se logran otear desde una singular ventana.

Tras el ventanal, habita una familia washingtoniana, reputados citadinos de su natal Georgetown.
En su factura isabelina una situación económica por demás acomodada, da lugar al protagonismo de una madre, recién divorciada, actriz, y nada religiosa, pero cuya filiación por su unigénita es, sencillamente, todo un monumento de amor y de cuidado. Su bienquista descendiente, Regan Macnille, ceba la emergencia de su doncellez en toda una plétora de inquietudes y alborozos. Su caracterismo no deja lugar al agror de los atrabiliosos; sus maneras develan la terneza de consentimientos y una vida acomodaticia y colmada de exenciones y consentimientos. En este vértice argumental el inquirir no desmerece su procura, ya que, ¿En virtud de qué principio partogenético y antitético, la entidad daimónica habría de dar escogencia – para establecer un nexo de asociación en el inconsciente colectivo de los dos personajes anteriormente aludidos – de una cerebración lo oportunamente escéptica en lo que a principios religiosos se refiere?

Pese a las condiciones de vida atingentes a esta familia, aparentemente dichosa y haberosa, ya en el ánimus de la jovencita la desazón derivada a partir del divorcio de sus padres, se optimiza como un fóculo imantativo para incubar la potenciación daimónica en cuestión. Este mismo desequilibrio emocional, le haría buscar, de manera inconsciente, aspectos, tendencias e incluso, adminículos cuyo valor comprendiesen una recepción más directa de la aludida entidad. La púber, en el sentimiento de su soledumbre, impetra las nostalgias de una figura paterna; la prosodia de su voz comienza a develar fonemas cada vez más saudosos, el biorritmo de su reloj biológico conoce la alteridad y, sus noches se prolongan tras el velo del insomnio, en tanto su fluido nervioso se va pronunciando al compás de desasosiegos y ansiedad.      
En una suerte de sincronía dual y unívoca, paradigmáticamente, el desmedro anímico de la jovencita es asimilado por determinado patrón homogéneo de sensaciones, mismas que anidan y se desarrollan en la mente de Karras. <<Ulterior de operara la urdimbre humoral y orgánica, así como psíquica del individuo la larvae lemúrica, necesita operar desde lo endógeno hacia lo exógeno>>. ¿Qué significación habría extremado el ingente Paracelso al reseñar tamaña declaración? Pues, no otra que la refrendada por Giordano Bruno y Agrippa. Es la edad pubescente, dentro del organismo femenil, un crisol en virtud del cual, todo sentimiento, fuese ya de la índole que fuese, consigue tamizarse por entre ese fluido nervioso que, en la hegemonía de su exaltación, deviene lo que los vedas-sutras denominan Tumo, o fuego bio-químico.
Este helio natural al organismo de las doncellas, una vez adquiere la suficiente energía sentimental, hormonal, atrabiliosa e inconscientemente direccionada por los paroxismos de ansiedad, no hace más que generar, tal como una pila de voltios, correlaciones con el ambiente circunstante, así consumando el fenómeno de la psicoquinesis o movimiento de objetos a distancia.

Empero, si a esta modalidad de willengeist o fuerza espiritual que mueve, desde la voluntad, cualquier objeto, se le adjudicase la intervención de un Daimón, y, tomando en consideración la antigüedad de su ontogénesis, por demás arcaica, la cuestión se agrava sobremanera.
Ah, epígonos de la ciencia de Psiquis, por sus mostachos y largos escrutinios! Ustedes, Esculapios de la substancia mental, Pávlovich, Kórsakov, Kandinski, Ostankov, sus cláusulas axiomáticas, sus indagaciones y probetas, sencillamente, representaron un muy oneroso fiasco, un llamativo fetiche de conceptos y deducciones, de inferencias y asunciones, cuyas injerencias, no hicieron más que caldear el fragor de las llamas.

En la medida que esa condición morbífica abrevaba del cendal de su cordura, la niña, antes toda dulzura, devenía, en una progresión concomitante, un cruel ludibrio izado a todo aquello que se relacionase con ternezas y donosuras. En la colmena de su caracterismo, la miel mutábase en toda una cicuta de ofensiones, improperios y transgresiones, en cuyos avíos, la luz de un intelectualismo por demás hiperlúcido, forjaba toda una escalonada de parábolas y alegorías, de cuyo hervor no hubiese salido indemne el mismísimo Rey de los cristianos. Lo ominoso de estas perspicacias y conceptismos, comenzó a poner en vilo esa apacible rutina del todo flemática, escéptica y hedonista de la señora Macneille. Tal como esas soluciones mucilaginosas, cuyo incienso, envestido del humus de su fantasmagoría, densifica la temperie de esos sitiales donde el hongo y el moho difunden sus efluvios, de manera tal, la casa de los Manecilla, se torna en toda una apoteosis de espectralismo. Cada rincón emana una trementina escatológica, cada esquina, pareciera abrazar las refracciones moleculares de algo que se hace sentir y siente, cada sala semeja un abrirse hacia adentros, ignotos e inciertos, infundibuliformes, agorafóbicos y carentes de centro; la temperatura desciende, como las brisas de camposanto en la hondura de las madrugadas. Regan es expropiada desde sus propios adentros y, lo que emerge es todo un tributo a las figuras inscriptas en los bestiarios longevos. En tales mutaciones, en tales situaciones, el paralelismo sintomatológico equidistado con el joven clérigo, se manifiesta en el súbito deceso de su madre, misma que viera desplegarse las alas de la muerte en medio de un centro para neurasténicos.

Después de franquear el bromuro de tantísimos centros psiquiátricos, la señora Macneille, desiste, para adentrarse, como una advenediza, al misterio de la fe catecúmena. El nihilismo de Karras se ve mutilado, de tan donosa y atiplada manera, cual si se hubiera tratado de un esgrimista quien, sajo tras sajo, hubiese desgrafilado el corpus de su incredulidad. La sutilidad daimónica, debidamente acrisolada entre la neuro-transmisibilidad, gnoseología, noemas y corolarios cristianos, adquiere el caris, oportunamente demonizado y luciferino, para así consolidar esta dialéctica trascendental que, a través de la negación y la superación apodíctico-ritualista, logra esmerar, lo axiomático relacionado a la existencia bipartita del mal y del bien, configurados en las sazones de todas las posturas canónicas de la religión mesiánica de los semitas.
   
¿Acaso no consigue elucidar el lector de este ensayo una relación antitética, cuyo valor no haría más que exaltar la negación por medio de la afirmación de una fe recién adquirida a guisa de conminación y conturbaciones? El contrapunto se difracta de la siguiente manera. La convicción de fe adquirida hacia los presupuestos teocéntricos del cristianismo, no hace más que sublimar y potenciar la ontología de su antípoda, confiriéndole un auténtico poder, una autosuficiencia acuciosa y ontológica del mal exaltándose en su propio ser.
Y, con esa misma heurística con la que los inquisidores, exacerbaron su culmen creativo, una vez fraguaran toda una plétora demográfica de entidades antagónicas a sus imperativos teofánicos, esta entidad daimónica, se sublima segregativamente a partir de la situación emocional de la señora Macneille y de Karras, solo para extrapolarizar sus propias esferas demoniales. Desde este epicentro, el Daimón, aspectado en la inmanencia de la púber, adquiere la envestidura demonológica requerida para unificar a través de agentes de energía repulsiva, pues, sus arremetidas, aparentemente separativas, lo que en sí concilian es una unión tripartita. Entonces, todo un acervo de siglos, y en estos, de sapiencia transpenetrada por lustros de concepciones teratológico-inframundanas y asociadas con las más procelosas expresiones de la naturaleza, en su ya tipificada sintonía connotativa y etimológica, hacen converger, en el Ritual de expulsión, la signatura del mal según la misma connivencia con la que los cristianos crearon sus entes antagónicos y sus correspondientes visos de villanía. Los principios evangélicos se acometen a sí mismos, en una alteridad simétrica de contrapuntos, en donde, la religión betlemita así misma se transgrede, a través de una aparente bicorporeidad porque, la blasfemia solo es blasfemia desde su punto de causación teológico-testamental, y Satanaél solo puede actualizar su validez, por mediación de su genitor, que no es más que la Iglesia.

Aquí y justo en este punto, el cuestionamiento retorico se precisa, ya que, ¿No es al caso, un “mal” concebido la enfermedad para la lozanía, por representar precisamente su antítesis al escindir su euritmia armónica? Y, sin embargo cabe formularse lo siguiente, ¿No sería, por su parte, la salud o lozanía un mal para la enfermedad con la que cohabita, por representar a la vez, un agente que atenta contra la armonía de su evolución?

De esta cuenta, para todo atento cinéfilo, preciso sería dilucidar, justo en la escena ritualista en la cual, Merrín (el arqueólogo jesuita) y Karras, aureolado con la potencia de su recién renovada fe, la simbolización representativa auspiciada desde el “mal” para el mal mismo, lo morbífico para el equilibrio de la vindicación daimónica, así como también, sería posible asimilarlo de manera inversa. Ambos patrones se reivindican con la fuerza de los siglos, de la fe y sus estipulaciones, ambas violencias se violentan, solo para alentarse y terminar fusionándose en la unidad híbrida de lo maléfico en lo benéfico, y lo benéfico en su contrario, el eterno hermafrodita cosmológico cuya ontología culmina en la confirmación de lo necesario, como la fuerza más generadora y trascendente existente por autosuficiencia urobórica.



Una inquisición para los Inquisidores:

¿No merece, al caso la entidad daimónica del
Medioevo y su numen conventual, en ese
específico rasgo de cristianar a su Satán
con tantísimas pompas y orladuras, la
envestidura de un Pantocrátor, digno y
venerando, ungido y debidamente
incensado, beatificando así la antítesis
de sus manifestaciones, absolutamente
necesarias para la validación de las
estimaciones crístico-salvíficas?
J.M.G