Lettre á la Prèsidente
Misiva a la Presidenta
(En los Plectros anidan los auspicios de Venus)
Théophile Gautier
Sin interludio a hesitaciones, el inquirir cabría concertándose en la incumbencia de este contexto, ¿Podría acaso concebirse, a flor de numen inquisitivo, a los hijos de Terpsícore, detentando la obvención de la pudibundencia, y no verles aherrojados por las leznas con que Venus en las flemas siempre acierta?
Es de ustedes cometido enarbolar los criterios entre el filo de sus disertaciones.
Así como todo iniciado impetra un mistagogo, un gurú, un cicerone, todo aquel que se precie de liriólogo o rapsoda, menester le es un magisterio pontificio, en cuyo misterio se devele el arcano de las formas. Empero, dichas formas, antes bien de aspectrarse en modalidades de estofa espiritual, han de cursarse en su encarnación menos sutil y más contundente, a saber, los ejes donde se afianza la esfera concupiscente.
Madame Sabatier, es como tal, en aquel 1850, una dama parisina cuya prestancia llegó a birlar efluvios, laureles y quilates a la mismísima Afrodita. Sabionda en su meretrizage, perita en el arabesco y rococó de las caricias, la nombradía que la enviste, sencillamente la aureola como la institutriz de las placencias nocturnas, y qué referir sobre aquella época, también diurnas, taciturnas y del todo fecundas.
En su abadía de lenocinios, en su centro de lóbrigos avíos, Madame Sabatier o, como en su hegemonía se hacía denominar: La presidenta, auspicia un muy selecto cenáculo de artífices, en los que figuran, Flaubert, Bouihet, Baudelaire, Rayer (el compositor), Nerval, Ducamps, Henri Monier, Perrault y, como centrosoma de un Parnasianismo de trazas fantástico-pictóricas, el mismísimo artífice de La muerta enamorada, quien representa el papel de testigo protagónico. Efectualmente, trátase de ese ático prendado de la Belleza, ostentando su chaleco rojo, sus mostachos en cornamenta y su cabello largo, amante de la forma y del amor amante, mismo que, con su dandismo estilizado es quien redacta toda la ovulación y secreción de esta misiva, dedicada con especial libidinosidad, a su majestad Sabatier.
Como aún hoy, en la estulticia, decrepitud y gazmoñería de esta posmodernidad, patética y saudosa, se siguen llevando a cabo las excursiones de corte sicalíptico, todavía ministrándose en deplorables subrepciones. Bajo las lunas que contemplan nuestros cielos, ya velados por la pirotecnia de la tecnocracia, las casas de tolerancia, vertebradas de un disimulo rayano en lo bufonesco, preséntanse cual féretros de hojalata atiborrados de posituras, dengues y remilgos, tan en desuso que, la lujuria y sus legiones, optan por serpentear entre el reclinatorio de iglesias, hospicios y centros de exaltación hermafrodita.
En aquel siglo decimonono, el áspid aún se enovilla y se apañusca, lúbrico y hermoso, en el seno de algunos domicilios, expresamente consagrados al culto de Eros.
La modalidad de entonces, en contraposición a la de ahora – connubios de apenas una hora –, consistía en procesionar en voyages de semanas, con la finalidad de instaurar un ministerio ambulante de anatomía púbica.
Una tarde autumnal, en Ginebra, y sorbiendo ginebra, Théophile y su condiscípulo, Luis de Cormemin, permiten, conniventes, que la amarulencia del tedio y alguno que otro súcubo ginebrino azucen en la espora de sus almas la apetencia de emprender singularísimo periplo, cuya prospección alentábase en extremar erotomanías del todo estrafalarias.
¿Cuál sería aquel imperativo topográfico que así espoleaba a los baluartes del Estro? Pues, en honor al candor de holocaustos Príapicos, a gineceos y al remansarse no menos voluptuoso de ciertas ensenadas dimanadas del Po, la geodesia a conculcar no sería otra que la oferente entre sus boscajes y cipresaledas, del olivo en sus aloes donde, la carnicie femenil, más que derivada de endebles costillares, fuera fruto de la leche en que Selene, feraz, siempre brota de sus colmenares.
La cuestión del Imperativo fisiográfico
En esta región, otrora, médula nutricia de la paganía, cultora de lo Bello, el espíritu, como todo un esmaltador, burila, escorza y diseña las molicies de la carne, inspirándose en algún neptunismo derivado de la Luna. Esta grafía de concupiscencia brota, insinuándose en pletóricos visos, unduosos, mondos y bien conmensurados, frútice pues, de un protoplasma surgido de entre la alternancia conllevada por astros del deseo o agentes desiderativos.
Que el imaginario literario y, por demás esteta, transparente, entre la eflorescencia de un suspiro, cuya numinosidad consiga remontarle a las postrimerías del siglo XV. Bajo la égida circunscrita al papado y la oferta de sus bulas, relativas a León X, precursores del arte de Miguel Ángel, tal como Giovanni de Bozzi, quien gustaba ser llamado por el seudónimo de Sodoma, descollaba por la peculiar faena de sus composiciones, siendo éstas verdaderos ágapes de pederastia. Sí, entre el efluvio de esos inciensos itálicos, se inspiraría la obra de Leda y el Cisne, todo un monumento lascivo de adoración y delirio; sí, aquellas épocas en las que, Benvenuto Cellini, le obsequiara, como donadío de unas cuantas noches, una amante, extraída de muy ostentoso seno prostibulario, a fin de representar bocetos comparativos, a su correligionario, también pintor, Bacchiacca. Reitero, sin pavura y con denuedo, qué época, en virtud de la cual Gentile Bellini, Giorgio de Castelforte (Maestro de Tizziano), se embebían en las notas de las Musas, escorzando, cerdamen tras cerdamen, a La Venus de Tizziano, inspirados por las más doncelliles, palentes y venustas prostitutas.
Así como el ganado ovino del cristianismo, estima deliciosa la aventura de recorrer los pasos de su redentor, de igual manera, los cultores de la Diosa, fisgan, ya reacios, los ceriballos donde la sierpe sembrase las gemas de su mistagogía.
Que la cuerda de argento de la imaginación, trasluzca pues, los peregrinajes de Monsieur Gautier a través del barroquismo de tales arquitecturas, alcorzadas de sátiros, de faunos y de ondinas, ostentando su luenga cabellera, su rapé y una catadura, al punto, dandesca.
En laboríos del todo colibrilescos, el poeta y su eunuco, como la avecilla libando las mieles, de pistilo en pistilo, va librando sus vuelos, el parnasiano, de yambo en yambo, libra elisiones, que no dejan himen sin metro, o así, senos sin verso, anverso y reverso.
De burdel en burdel, el rapsoda, encarna, en la propiedad de sus cartílagos, los pies anacreónticos, efundiendo a caricias alegorías en talles y talles en alevosía que, en sinécdoques estrujan los glúteos en palmeos de factura alejandrina, terciando los cuartetos en cuadrúpedos símiles, femeniles y esbeltos.
Esa arácnida arquitectura con la que su tacto esmera las combaduras, los entuertos dorsales, las elipses del muslo se nutre de medidas, ensimismando un churrigueresco cuya avidez no es más que ovárica, humecta y replegada entre blandicias de tez y envés de desidia.
Aquellos cielos que, otrora, Tiépolo y Carvagio esmaltaran a matices de azur y endrino, de safir y cerúleo lombardino, no consiguieron refractarse entre las pupilas del vate parisino. Otro sol refulgía argentando los havos donde ostensibles lucen Casiopea y La Osa, sin subestimar la constelación de todo artífice, la del Cisne. La sierpe, esa serpiente correlativa a la esencia de la puridad desiderativa, esa Diosa, Maha-Devi, Shakti-Devi, cuyo helio bio-químico, fosfórico y divino, en la poeticidad anidada del Maitre, devino siniestro en la usura de un prepucio cuya horizontalidad no dejara de sincoparse entre notas, hirmando la puntuación a esmero de secreción.
Anatomista del ánima en su más fisiográfica signatura, en su más adiposa expresión, en la melodía de sus medidas y el dáctilo de sus curvaturas, el pincel con el que su fimbria lingual desarrollaba sus pinturas, ya trisulca y viperina, cadente y no menos luciferina, flordelisó las plegaduras de esos salientes donde, la noche se empecina en su oscurana, y donde, antaño, ritualizábase la infamia, según los lacayos de Torquemada, de un ósculo prohibitivo y nada redhibitorio, propinado a la cabra de Méndez.
Aquella gimnástica, sublimándose entre aguafuertes, tapices y grabados, no podía más que, metaforizar esa botánica subrepticia cuya atingencia involucraba a la mujer y sus adentros, así hidratando las cláusulas del compás donde el regodeo, opalescente, inseminaba ditirambos arrullando el oviducto, por el cual se pirran los hipocampos de la virilidad, sin que por ello, el ritmo amilanase sus rimas.
¿Es tu deseo, oh amigo poeta, aprender a rimar?
La bella nigromancia de una meretriz habrá de
remover toda esa podredumbre de tu frugalidad,
y, cuando reptes entre raptos, muy adentro,
siéntete sentir que eres sentido, y cual precito,
ve a beber al río del olvido!
J.M.G