jueves, 3 de marzo de 2011

Un culto a Erato, a Lílith y a Sophía.

El latrocinio del cielo sobre mí se difunde, hacia la incuria condenándome, haciendo ya del mundo rémora abisal, sin más del desiderativo germen de lo sólido, que es nacencia venal, he tributado amor por lo más dócil, rocío y hálitos del ser, sin que por ello sea la sangre desdén o cautiverio sombrío pues, amarguras de miel he sentido y miel de amarguras también; he escindido los cristales del brillo, del lucero del Héspero bebido su mosto, la substancia del iris he vertido a raudales, cuando hiel es galerna de dulzuras errantes.

Mi sangre no me tiene a mí, tiene acervada saturnales ternuras; yo no tengo a mi sangre, tengo el alma errante de sentir tantos fondos; yo no me tengo a mí, y todo me tiene, todo me siente y me sabe doler, pétalos de la fiebre, espínulas del éter, costura de los ríos del rencor del sentir, sentir, sentir, hasta no sentir, hasta donde todo duerme para poder despertar.


Todo lo que fluye y no se condensa, todo aquello lábil e imponderable, todo lo que, sin ser sentido siente, gracilidad, ductilidad, delicuescencia, ello todo es mi Nostalgia, mi hemencia, formas de luz y vaguedades, rayos de nácar que son efluvios, áspid ingente de las influencias, crémor flotante de la tristeza, suavidad figurante y ubicuidad. Eso, eso me imanta, oh, fiel embrace de lo fantasma, lirio, ritual e idolatría de lo evanescente, que me arranca la cordura y sus hebras de plata, dándome en el corazón con sus aludes, procela del azur ya melancólico que los astros engastan en mi sed; oh, luz de madrugadas donde los dioses nielan el alba, la perlería balagué de sus visajes, lienzo de los cielos donde todo confluye en misterial sinfonía, en una unidad de Belleza y crueldad, el más bello deliquio de lo insondable que, mis manos utiliza para forjarse, delineándose entre versos y letras de sangre, que a Selene obedecen en sus pleamares.