Alquimia
(Su heurística en las esferas del numen poético-literario)


Reseña historiográfica

El oro y la plata, representaban ya, antes de su medida de valor, respectivamente el Sol (oro), y la Luna (plata). Se les denominaba: La pareja celeste, masculino en correspondencia con el oro y el sol, y lo femenino correspondiendo a la plata y la luna. La sola esfericidad de las monedas representativas de la plata y el oro, comportaba ya la redondez de sus contrafiguras célicas.
La representación simbólica del oro estaría pues, vinculada con el sol, dándose por analogía la aseveración que, tanto sol y oro, vendrían siendo una misma sustancia.
Radicaría aquí el origen de la Alquimia, ello remontándonos al antiguo Egipto, donde era usanza de los hierofantes. Dicha tradición, extendida por el Cercano Oriente, por tierras de Occidente y que incidiría en la Alquimia de la India, reconoce como fundador a Hermes Trismegisto (El tres veces grande), siendo este el dios de las artes y ciencias sagradas, de análoga forma como lo representara en el hinduismo la deidad Ganesha.

La palabra Alquimia deriva de la voz árabe alkimiya, proveniente a su vez del egipcio Kême, designando la <<Tierra Negra>>, que puede ser tanto la denominación del propio país de Egipto, como el símbolo de la materia prima de los alquimistas.
Los escritos alquímicos de mayor antigüedad fueron debidamente transcritos sobre papiros egipcios. Siendo el arte alquímico de origen cabalista, es decir, transmitido por vía oral, es del todo natural que el llamado Corpus Hermeticum, que comprende todos los textos del aludido Tres veces Grande, haya llegado hasta nosotros en la lengua griega y redactado en un estilo más o menos platónico. Sin embargo, dichos textos recogen el legado de una civilización distinta, y no son en modo alguno elucubraciones griegas arcaizadas, como lo demuestra su fecundidad espiritual.
Entre los elementos que figuraban en estos textos se hallaban la manipulación de metales y la elaboración de colorantes, la fabricación de piedras preciosas artificiales y de vidrio coloreado, arte que en ningún otro lugar floreciera tanto como en la tierra de Anubis. A partir de la época de La Alejandría del tardío Egipto, se puede observar dos vertientes en la Alquimia: una, de calidad eminentemente artesana; los símbolos alusivos a una obra interna aparecen aquí como algo supeditado a una actividad profesional, sólo se mencionan ocasionalmente, y los maestros se limitan a conservarles. La otra, utiliza las operaciones metalúrgicas como una alegoría. Pero, en realidad se trata de dos aspectos distintos de una misma tradición, y de ellos, el que se refiere la Alquimia simbolista es, sin duda, el que refleja más fielmente el legado <<arcano>>.

La asimilación de las tres religiones monoteístas: cristianismo, judaísmo e islamismo, estribaría en las ideas cosmológicas propias de la Alquimia, que se refieren, tanto a la naturaleza externa, metálica o simplemente mineral, como a la naturaleza interna o del alma, ligadas de manera orgánica a la antigua metalurgia, por lo que este fondo espiritual fue aceptado simplemente como conocimiento de la naturaleza (Physis) en el más amplio sentido de la palabra, junto con las técnicas del oficio, de forma semejante a como el cristianismo e islamismo incorporan a su mundo espiritual el legado pitagórico que encarnaban la música y la arquitectura. Desde el punto de vista cristiano, la Alquimia era algo así como un azogue natural de las verdades reveladas: La Piedra Filosofal, que puede convertir los metales ordinarios en oro o plata, es la representación de Cristo, y su obtención por mediación del <<fuego que no quema>> del azufre y del <<agua consistente>> del mercurio, simbolizan el nacimiento del Cristus Manuelle.

En el mundo romano-cristiano, la Alquimia penetró, primero, por Bizancio y, después, en mayor medida, a través de la España musulmana. Dyâlir ibn Hayyân, discípulo del sexto imán chiíta, Dyafar ad-Sâdiq, funda en el siglo VIII después de Cristo, una auténtica escuela, que ha dejado centenares de escritos alquímicos.
Más que la Alquimia propiamente, perduró la Medicina derivada de la misma, a la que Paracelso diera el nombre de <<Medicina Espagírica>>, en consonancia con los términos alquímicos Solve et Cougula.

Naturaleza y lenguaje alquímicos    

Menester es tomar este Arte como punto de comparación, y precisamente en todos los casos en los que se considera la creación artística no en su cariz externo o estético, sino en su proceso interno, que tiene por objeto una maduración espiritual, una transformación o renacimiento del artista.
La Alquimia, que sus maestros denominaron Arte e incluso, Arte Regio (Ars Regia), ofrece – con su metáfora de la conversión de los metales preciosos de oro y plata –, una elocuente imagen de este proceso interior. En realidad este arte puede ser definido como el arte de las transformaciones del alma. Así, por ejemplo, en El Libro de los siete capítulos, atribuido a Hermes Trismegisto, se dice: << Mirad, os he revelado lo que estaba escondido: La Obra, está en vosotros; y, porque se halla siempre en vosotros, siempre la tendréis presente, estéis donde estéis, en la tierra o en el mar…>> Por lo tanto, lo que constituye el fundamento de la Obra, su verdadera <<materia>>, es la propia naturaleza del hombre.

La prodigioso de tal proceso, el cual supone un salto que, a juicio del alquimista, la naturaleza puede dar sólo en un tiempo incalculable, constituye precisamente la diferencia entre las posibilidades materiales y las espirituales; mientras que la materia mineral – cuyas disoluciones, cristalizaciones, fusiones y combustiones reflejan en cierto sentido las transformaciones del alma – permanece sujeta a ciertas leyes físicas, el alma, gracias a su encuentro con el espíritu que, no está ligado a ninguna forma, puede vencer las presiones psíquicas que ocupan el lugar de dichas leyes.
El plomo representa el estado caótico, bruto y quebradizo del metal o del hombre interior, en contraposición al cual el oro << luz solidificada >> y << sol terrenal >>, expresa la perfección tanto en el reino de los metales como en la condición humana.
En el concepto alquímico, el oro es el verdadero objetivo de la naturaleza mineral; todos los demás metales son etapas preliminares o tentativas para llegar a él; sólo el oro posee un perfecto equilibrio de las propiedades de todos los metales y, por lo tanto, también inmutabilidad.

Puede equipararse con la Mística la Alquimia en lo que tiene de camino que permite al hombre llegar al conocimiento de su naturaleza inmortal. Y así lo demuestra la adopción de expresiones alquímicas en la mística cristiana y, de forma más particular aún, en la musulmana. Los símbolos alquímicos de la perfección apuntan al dominio de la condición humana por el espíritu, al retorno a los orígenes, a lo que la mística de las tres religiones monoteístas describe como recuperación del “Paraíso Terrenal”.
Nicolas Flamel (1330-1417), alquimista que se expresa en el lenguaje de su fe cristiana, dice, acerca de la culminación de la << Obra >> que ésta << hace trascendentemente proactivo al hombre porque de él arranca la raíz de todos las impurezas.>> o sea, la codicia meramente mundana, haciéndole generoso, manso, piadoso, creyente y venerando hacia las fuerzas cosmogónicas de Natura, por involucionado que haya sido.
La extirpación de la raíz de todos las imperfecciones supone el retorno a la perfección almático-originaria.
La esencia y fin de la Mistagogía alquímica es la unión con la divinidad. De esto nos refiere la Alquimia. Pero en el camino de la mística figura el restablecimiento de la << nobleza >> primitiva de la condición humana, su simbolización, pues, la unión con las potencias daimónico-divinales sólo es asequible en razón de aquello que, pese a la inmensa distancia a que se halla de lo espiritual la criatura, vincula a ésta con las aludidas potencias, y que es la semejanza de lo arquetípico, que, a causa del estadio instintivo-involucionado, ha quedado desdibujada o inoperante.

La Mística judía, cristiana o islámica, de acuerdo con sus respectivos métodos, reflexión sobre una verdad revelada, un aspecto de lo divino o una Idea, en el sentido más profundo del término; constituyen la unión espiritual con esta idea. Por el contrario, la Alquimia no se orienta, en principio, en un sentido teológico (o metafísico) ni ético; observa el juego de las fuerzas del alma desde un punto de vista puramente cosmológico y trata al alma como si fuera una << materia >> que se hubiese de purificar, disolver y cristalizar, de nuevo. Actúa como una ciencia o un arte natural, pues todos los estados de conocimiento interior son para ella sólo manifestaciones de la Naturaleza, que abarca tanto las formas externas, visibles y materiales, como las internas y psíquicas.
Por ello, tiene la Alquimia cierto carácter contemplativo; no consiste simplemente en un mero pragmatismo sin penetración espiritual; su vertiente espiritual y contemplativa se asienta precisamente en su forma concreta, en la analogía entre lo psíquico y lo mineral, pues esta semblanza sólo puede establecerse mediante una observación que considere la materia desde el punto de vista cualitativo, o sea, en su cualidad interior, y el alma, << materialmente >>, es decir, como si se tratara de un objeto. Dicho con otras palabras: la cosmología alquímica contiene una teoría del ser, una ontología.
Con su observación impersonal del mundo del alma, la Alquimia se aproxima más al camino del conocimiento, o Gnosis, que al del amor.

La Alquimia como apertura heurística en el fuero de la creación artística (Estética trascendental)

Yâlal al-Din al-Rumí (Mathnwi II) quien formula una naturaleza ígnea de los sonidos, al igual que Titus Bruckhardt (Alchemie), establecen, desde un fondo enteramente pitagórico y brahamánico, las correspondencias entre el cuaternario elemental y sus analogías con los cuatro reinos, de igual forma como con las partes del cuerpo, los números, colores, texturas, aromas, sabores y vínculos de índole zodiacal, apuntando hacia el sentido de que, todo arte está supeditado, consciente o inconscientemente a los estratos intangibles de las mociones estelares y la incidencias de éstas sobre el santicario del artífice.
Se determinaba entonces que, en tanto la consumación de trascendencia poética, en tanto creación y aplicación morfosintáctica, que los timbres, modulaciones y tonos bajos – en tanto entonación interior concebida por el liriólogo –, acentuarían en la persona los niveles del azúcar en el organismo, permitiendo de esta cuenta, crear una sujeción, un sentimiento basal que, a niveles del aura o bioplasma, cuerpo mental y cuerpo etéreo, equivaldría a fijar el punto de aleación por donde hiciera ingreso una imagen o bien, una idea, trasiego dimanante del Topos Uranus platónico, que encarnaría dichas formas-imágenes sónicas para dejarse advertir por el imaginario del artista.
A consecuencia de tal efecto resonante, dichos tonos bajos quedarían fluctuando en los rincones o remansos del alma residual o Evestrum (Paracelso), a fin de ir sedimentando y añejando para con el tiempo abrotoñar en forma de arcaduz creativo.
Las tonalidades agudas harían acceso por mediación de las ondas vibratorias hasta el campo del aura, suprimiendo de manera efectual los antiguos convencionalismos, bloqueadores de toda tentativa innovadora; en fin, todo aquello constitutivo de los viejos prejuicios, que impiden al poeta inmiscuirse con las demandas de Astrum o Ánima Mundi, que es el agente inteligente y cósmico, encargado de transvasar dichas resonancias inmanentes a fin de estimular el caletre del sujeto para expresar su canción, canción que es en sí, canción de la canción del ingente sentimiento del alma de la tierra, y que éste interpreta y trasluce a través de tales mociones sónicas suscitadas en su ánimus.
En cuanto a las tonalidades altas, los estudiosos de la Alquimia espiritual, hacen ver que, tales modulaciones vendrían a afectar las glándulas tiroides, pituitaria y pineal, y que dicho efecto vibratorio, tiene una reacción centrífuga merced a la velocidad vibratoria.
Ya los hierofantes Egipcios, aseveraban que, nuestro sistema solar posee su propia Octava que, vibra en armonía con el resto de sistemas solares del universo. Cada planeta del sistema solar posee su tono particular, que forma parte de dicha octava. Los planetas, en su conjunto, forman una composición.
Entre los maestros que trabajaron con los signos zodiacales tonales cabría citar a Ptolomeo y Johannes Keppler. Se relacionan estos tonos en el orden asociado normalmente a los distintos signos del Zodiaco. Así, el do mayor pasa a ser Aries, el do sostenido se convierte en Tauro, etc. Cuando nacemos, las estrellas y los planetas se hallan en una posición concreta en el universo. Llevamos, pues, en nuestro interior los tonos y armonías que poseían estos cuerpos celestes en el momento de nuestra concepción. Desde la postulación de la Alquimia espiritual, todo vendría a relacionarse, pues, a nivel astral, pudiéndose vincular a los signos, con los planetas y las partes correspondientes del cuerpo, unos tonos específicos, ejemplo:

-          Do = Aries = Cabeza = Marte = Rojo = Martes = Horas: 7 y 3, =  Samaél =  Manipura chacra = Vishnu = Forma triangular = Elemento fuego = Hierro.
-          Do# = Tauro = Cuello = Venus = Verde = Viernes = Horas: 1 y 4 =  Anael = Muladara chacra = Ganesha = Forma cuadrada = Elemento tierra = Cobre.
-          Re =  Géminis = Pulmones, brazos, hombros = Mercurio = Miércoles = Horas: 6 y 8 = Rafael =  Anahata Chacra = Isha (Rudra) = Forma hexagonal = Elemento aire = Mercurio.
-          Re# = Cáncer = Pecho y estómago = Luna = Blanco = Horas: 6 y 12 = Gabriel = Swadisthana chacra = Brahma = Falciforme = Elemento agua = Plata.
-          Mi = Leo = Corazón y dorso = sol = Amarillo = Domingo = Horas: 11 y 5 = Micael =  Manipura chacra = Vishnu = Forma triangular = Elemento fuego = Oro.
-          Fa = Virgo = Hígado e intestinos = Mercurio = Violeta = Horas = 8 y 2 = Rafael = Anahata chacra = Isha (Rudra) = Forma hexagonal = Elemento aire = Mercurio.
-          Fa# = Libra = Riñones = Venus = Horas: 11 y 6 = Anael = Muladara chacra = Vishnu = Ganesha = Forma cuadrada = Elemento tierra = Cobre.
-          Sol = Escorpio = Genitales = Marte = Rojo = Martes = Horas: 2 y 9 = Samaél = Swadishtana chacra = Brahma = Falciforme = Elemento agua = Hierro.
-          Sol# = Sagitario = Muslos, rodillas y caderas = Júpiter = Azul = Jueves = Horas: 9 y 7 = Zacariel = Manipura chacra = Vishnu = Forma triangular = Elemento fuego = Estaño.
-          La = Capricornio = Rodillas, articulaciones y piel = Saturno = Negro = Sábado = Horas: 6 y 10 = Orifiel = Muladara chacra = Ganesha = Forma cuadrada = Elemento tierra = Plomo.
-          La# = Acuario= Tobillos y pantorrillas = Saturno = Negro = Sábado = Horas: 1 y 6 = Orifiel = Anahata chacra = Isha (Rudra) = Forma hexagonal = Elemento aire = Plomo
-          Si = Piscis = Pies = Neptuno y Júpiter = Jueves = Púrpura = Zacariel = Horas: 3 y 9 = Swadisthana chacra= Brahma= Falciforme = Elemento agua = Estaño.

El sitial de las vibraciones numerales

Desde la vertiente alquímica de la numeración alfabética, prebostes del hermetismo occidental como Cornelius Agripa en su Numerología Oculta, nos revelan que, toda letra está anegada a una vibración numérica, y ésta a un determinado color, planeta, etc.
En la estructuración de las palabras, estriba entonces un arcano, un fóculo vibratorio que es en sí un atractor de fuerzas magnéticas circunstantes en los ámbitos de la temperie y del éter, tanto psíquico como magnético. Al conjugar un número de letras, se vendría a formar una suerte de mantra, un fuelle absorbente que imanta la energía. Según Emanuel Swedemborg, en su tratado Astro-asimilación literaria, el artífice – vate – recibe el influjo desde una determinada moción astral, vinculando en tal movimiento, una sarta de frémitos en cadena que habrían de conculcar el magín del artista. En la noesis ya definida de un segmento de bocetos imaginarios, se encuentra detrás toda una retahíla de proyecciones astrales, que propician en su imaginario una condición específica para determinar particulares imágenes, siendo éstas, no producto de su mente, cuanto que de la emanación de varios astros en exaltación. De esta cuenta, el artífice vendría a representar un vehículo, que reflejaría un reflejo. Aquí encontramos los influjos de Platón y a su epígono Plotino.
El tamiz de su organismo nervioso, vendría a representar, según Swedemborg, el matraz donde se ha de acendrar el plomo saturniano, y la pujanza por alcanzar la perfección de la métrica y la rima, vendría a representar todos los procesos depurativos, hasta alcanzar el sol petrificado de La Gran Obra.



Los ámbitos vocálico-simbólicos

  1. Esta vocal está relacionada a la Unidad y ésta lo comprende todo, y en todo subyace, y en todo se hace, y a todo es inherente, por lo tanto, la Unidad lo comprende todo, pues es la medida común de todo número, su fuente y origen, conteniéndolos todos en sí misma; es siempre la misma y sin cambio. Se le denomina: concordia, piedad, armonía o divinidad.

E. Vocal relacionada con la díada, que es en sí, el número dual, siendo pues, el primer número, porque es la primera cantidad o multitud. Es un número no compuesto o bien, par. Representa la primera creación o producción, por ello se le llama: Génesis y Juno, del amor y la caridad. Representa lo femenino y lo masculino, a la vez que la materia físico-tridimensional en estado de concreción.

I. Vocal relacionada con la tríada, que es el primer número incompuesto. Número perfecto y divino, pues hay tres vertientes en la ontogenia tripartita del ser humano, a saber, el ánima concupiscible, irascible y racional; por ello, es utilizado en ceremoniales mágicos. Representa lo eterno, a saber: pretérito, presente y devenir. A su vez representa la grandeza: línea, superficie y cuerpo, y por igual la longitud, anchura y grosor. Por igual representa las tres sinfonías: diapasón, heniolón y diatessarón. Representa las tres clases de alma: vegetativa, sensitiva e intelectual.

Tomando en cuenta el anterior referente vocálico-numeral, la estructuración de un poema, era llevada hasta una verdadera aritmética trascendental, que tomaba en cuenta cada verso, a fin de provocar, no solamente un estímulo en cuanto a la argumentación de lo versificado, sino también, a la numeración armoniosa del engarzamiento de cada verso, difracción, elisión y asimilación silábico-vocálica.

Joaquín Du Bellay y sus incidencias en el plano de la estética hermética

El poeta viene a la luz del mundo en 1524. Es uno de los baluartes de la lengua francesa, y junto a Pièrre de Ronsard, establecen una élite de poetas denominada La Pléyade, en cuyo cenáculo figuraban vates de la talla de: Lázaro de Baïf, Salmón Macrin, Juan Dorat, Muet, (el ciceroniano) y otros literatos. El cónclave se afanaba en el atildamiento y reforma de la poesía, y su bastión de referencia consistió en establecer un obrar el arte poético similar a una obra alquímica, tomando en cuenta todos los elementos anteriormente mencionados.
En este ensayo mi propuesta apunta a develar el sentido esotérico y alquímico en la poesía de este poeta. A continuación tengo el agrado de transcribir una de sus tantas composiciones e intentar escudriñar su influjo hermético.

En utilización del número cinco, el poeta interconecta el sentido que posee este quinario, puesto que representa los cinco entes supremos: la divinidad, daimón (ángel o deva) , alma, cuerpo y mundo; al igual que cinco conocimientos correlativos: mente, entendimiento, razón, imaginación y sentido. Representa a su vez los cinco sentidos, al igual que cinco órdenes del Universo: la divinidad, genios, héroes, hombres y brutos, de la misma manera que los cinco elementos: agua, fuego, éter, aire y tierra. Y sobre todo, el cinco vendría a representar la quintaesencia o Lapis Philosophorum, pues, es el derivado del cuaternario elemental.
 
A vous, troupe légère,                          
qui d´aile passagère
par le monde volez,
et d´un sifflant verdure
doucement ébranlez :
j´offre ces violettes,
ces lys et ces fleurettes
et ces roses ici,
ces vermeillettes roses,
tout fraîchement écloses,
et ces œillets aussi.
De votre douce haleine
eventez cette plaine,
eventez ce séjour,
ce pendant que j´ahanne
a mon blé que je vanne
a la chaleur du jour.

A vosotros, tropa ligera
que con ala pasajera
voláis por el mundo,
y con silbante murmullo
la fronda umbría rompéis suavemente;
os ofrezco estas violetas,
estos lirios y estas florecillas
y estas rosas aquí,
estás rosas purpurinas
recientemente abiertas
y también estos claveles.
Con vuestro suave hálito,
oread esta llanura,
soplada sobre este sitio
mientras yo canto
al zarandear mi trigo
al ardor del día.
La figuración simbólica

Si reparamos en la simbología floral, encontramos indicios de una propuesta allende su aparente connotación ensilvecida y bucólica.

Flor: En un sentido genérico, y aunque cada flor tiene su propia simbología, podemos señalar que se considera símbolo del principio pasivo y femenino, del amor y la armonía. Entre los indios precolombinos, las flores no solo eran un ornamento para el placer de dioses y hombres, sino una fuente de inspiración para los artistas, que la empleaban para numerosos hieroglifos y relatos de la historia cosmogónica. Los mayas consideraban la flor de franchipana símbolo de la fornicación. Para los hindúes, la flor corresponde al éter, mientras que para los budistas, es símbolo que resume el ciclo vital, la imagen de la perfección por alcanzar, la iluminación espontánea.
(Alquimia) Para los alquimistas se trata de la flor de oro, de la floración interior que se produce en la Alquimia corporal al unirse la esencia y el hálito del agua y el fuego. La flor es pues, idéntica al Elíxir de la vida. La floración, es el retorno al centro, a la Unidad, al estado primordial.

La violeta: Flor de Júpiter, color anexado al influjo de signos de agua, floración que a su vez simboliza la espiritualidad, el pináculo de la razón sobre las vilezas del instinto.

Lirio: Planta liliácea cuya flor es considerada sinónimo de blancura, inocencia y pureza, que aparece relacionada a la Luna. Los hebreos la consideran símbolo de la elección, así como del abandono del hombre a la volición de las potenciaciones cósmico-astrales, en manos de la lo necesario cosmológico.

Rosa: Hacia el Renacimiento, esta flor fue a menudo considerada como símbolo supremo de purificación y del renacimiento del alma. Posee diversidad de significados simbólicos, que vienen dados por su colorido o por su propia esencia vegetal. De acuerdo con ello, se afirma que una rosa de color azul simboliza lo imposible; una blanca, es símbolo de pureza; si es roja denota pasión, y si lo es color oro, se identificaría con la realización absoluta. Así mismo, por el hecho de ser flor, es un símbolo de finalidad, de logro absoluto y perfección. La diosa griega del amor, Afrodita, tenía como planta predilecta la rosa, lo que ha hecho que esta flor se convierta en símbolo de amor puro, del amor desprendido de la pasión humana. Es a su vez la flor de la Virgen y se liga a la Alquimia en sus colores blanco y rojo. La rosa blanca se encuentra unida simbólicamente a la piedra al blanco, cuando está preparada para transmutar la plata; mientras que la roja, se asocia con el color del final de la Obra.

Clavel: Flor que vincula al planeta Saturno y vincula el sentido del dolor.

Trigo: El trigo es augurio de felicidad, de prosperidad y de consumación de la obra a realizar.

Viento: simboliza, como primer elemento el hálito o soplo creador. Jung, afirma que el huracán o conjunción de los cuatro elementos sintetizados, es su máxima expresión, pues, posee el poder renovador de la vida. Como sinónimo de soplo, se relaciona con el espíritu y se reconoce a los vientos como mensajeros divinos. Entre los griegos se trataba de divinidades que moraban en la Isla de Eolia bajo el dominio de Eolo, su rey. Los cuatro fundamentales eran: Bóreas, viento del norte; Céfiro, viento del sur; Euro, viento del este; y Noto, viento del oeste. Se les ofrecían sacrificios para que fuesen favorables. El estudioso renacentista Cornelius Agrippa afirma que los vientos no son más que << aire raudo en movimiento >>.
 
Día: tiempo en que la tierra emplea en dar una vuelta en derredor de su eje. Se encuentra unido simbólicamente en diversos pueblos a la actuación de la luna y del sol. Representa en la simbología alquímica el calor en cuanto Athanor u horno donde los operadores aguardan la combustión de la materia a sublimarse.
   
Exégesis literaria

El indicio de un heraldo que hiende las sustancias de Eolo, y que con la efímera espontaneidad de su curso, imprime en el alma del poeta un sentimiento ministrado en cierto entorno donde las florescencias, en cuanto sus respectivas simbologías, son apertura providencial o símbolo viviente que predica a través de su lenguaje naturado la intención de una moción divina. Ulterior a su contemplación, el vate da como ofrenda mística la rúbrica de Júpiter, es decir, el fastigio de su evolución espiritual.

El sentido de la puridad del fuero espiritual, estaría representado por el lirio, connotando su estadio de inocencia. Subsecuentemente, ofrece el sentido transubstanciador indicado en la rosa, elemento que denotaría su avatar interior, avatar idealizado por la púrpura de su pigmento, que en sí denota un pináculo alcanzado por los aspectos trascendentales del alma del operador. En su fase de maduración, el clavel vendría a representar las fermentaciones de Saturno o Nigredo respectivo de su fuero espiritual.
Posteriormente, el viento vendría a ventilar la Obra, claro está, en el sentido interior del iniciado, quien exalta su condición por mediación del canto, canción que sería reflejo de La gran canción estelar, júbilo remansado a través de los planetas en consonancia, reflejo reflejado y sublimado en el ardor del día, donde el Astro de los astros imprime la maleabilidad de su <<oro potable>>.