Flor de santidad
(Toda forma posee una idea, así como toda idea alberga una forma)

Ramón del Valle-Inclán


Como en una prolongación, siempre auspiciada por el candor estético, colmada de diafanidad y  sintáctica simetría; en trazas tales, los enunciados literarios de este artífice, demarcan un estilo, de por sí insuflado por el Pathos de las Musas.
En modulaciones de cualidad fonológica, musicalmente alcorzada y flordelisada, escorzada por el cincel del afinamiento, en la usura de su métrica, sus proposiciones derivan de cierta mensurabilidad cuyo espectro se agudiza en la consonancia de las cláusulas, acentuadas por el dejo de las castellanías, esmeradamente pulcras y afianzadas, como a trazos de relojería.

Lo cautivante de esta estilografía, estriba en esa suerte de nutrida y consecutiva metaforización, entrecomada por armisticios de sonoridad siempre equidistante y congruente, operada, morfosintácticamente, tal como un artilugio gramatical, en el cual, lo significado, cobra valencias regionalistas, cuya referencia implica sendas connotaciones y similicadencias en el tratamiento de retozos tropológicos, y ello vertido en la contextura de sus figuras de dicción, así como de pensamiento.

En las progresiones literarias de este decurso novelístico, al artífice, le resulta casi inasequible divorciarse, como prolijo le es distanciarse al vapor de la humedad, del numen poético. En mi consideración analítica osaría perfilar esta asunción al motivo de un “aniego estilológico”, cuyos parámetros de reciedumbre racional, en lo concerniente a la medida de las figuras, el ritmo y las proporciones, no excluyen, de manera alguna, su nutrida ascendencia sentimental.
Se encuentra a este respecto todo un alud debidamente sincrónico de rimas internas, de aleaciones silábicas, de aritméticas vocálicas y acentuaciones descollantes que clarifican y decantan traslaciones tonales, modulaciones, en el encrestamiento de su acústica sintáctica. Todo este conjunto de estilo podría ser transcrito en un pentagrama musical, y es que, su alma, fue insuflada desde un vértice eminentemente musicológico, a saber, el Principio Poético.

En el plano argumental, lo poetizante a su vez descuella, en el sentido de las evocaciones y plasmaciones de factura lírica, así como también de la imaginería. Sus imágenes rebosan colorido y simetría donde, las magnitudes parecieran amarse y concebir una suerte de entidad armoniosa, esplendente y trascendentalmente urobórica, en el sentido de retrotraerse en aluviones de vibraciones ecuables y siempre prístinas. A este respecto, lo paisajístico es siempre consecuencia de lo topográfico, fuese esta la panorámica que fuese, siendo su arte descriptivo, toda una hazaña de concisión y exactitud.


La esfera argumental

Lacónica narración de fuero novelístico, así se presenta Flor de santidad, adscribiéndose al momento de cinco estancias, en las cuales, el autor desarrolla la trama en tercera persona del omnisciente. El argumento, como tal, cífrase en determinado momento circunscrito a la vida de Adega, fémina, cuya existencia se viera nutrida en las bonanzas del agro, en mitad de esas apacibilidades coronadas por arborescencias, murmurios, chirriares, cacareos y toda la holgura de una égloga española.

En el contexto del uso de las figuras como la etopeya, la campirana es bosquejada como un ser de raciocinio adormilado, de cierta palurdez y bucólica ingenuidad, en el cual, el ánima desborda esa numinosidad marcada por la inocencia instintual y rubricada por el hábito de laboríos agrícolas, cuya diafanidad le permite, sin ambages, mantenerse en cuadratura con la naturaleza.
El ámbito de su emisiones mentales, gira en torno de la contemplación agreste, de esa vida de simplicio, feraz y ensilvecido, aureolado por usanzas de corte arriero, de traza pastoril y reflexiones zurcidas a estajos de corral. Trátase pues, de una pubescente ensoñativa y fabuladora, cuya convicción, de tonos marcadamente católicos, le azuza a evidenciar epifanías en el transcurrir de los días y sus acaecimientos,  por ínfimos que se presenten.

Su labor estriba en acaudillar un rebaño de ovejas, y la dimensión de sus prospectivas consiste en cosmovisiones de fe, advocación y esmeros de redención.
En una de esas clarideces de campo, en uno de esos días, tan homogéneos entre sí, cierto ermitaño de andorrera catadura, aborda a la mocilla, paulatinamente edulcorándole el seso con sus representaciones eremíticas.
El barbiluengo, de parábola en parábola, de artilugio en artilugio, elabora enlabios con la gramática evangelista de las Sagradas Escrituras, hasta ver consumada su verdadera intención.
Una mañana de alborada en corral, el nómade, muy eclesiásticamente la despoja de la madreperla de su doncellez, todo perpetrado entre las engañifas de una verborrea providencial.

Ulterior a que el ángel del amor mostrara, no precisamente una ascendencia celestial, la zagaleja, en la totalidad de sus percepciones, en todas las sensaciones que envistieran su caletre, advertiría la omnidifusa esencia de la “divina presencia”, ello acarreándole vituperios y maledicencias por parte de lugareños, al punto de estimar esa condición, un fruto de la posesión, sometiéndola a determinado exorcismo de aferencias del todo rupestres. 

Juicio valorativo de la Obra

En definitiva, así como el chamán es el envestido de exenciones para acceder, no solamente al plano de las conciencias en determinada fracción tribal o étnica, consiguiendo participar de sus delirios, arredros o accesos de vesania, sino que también, este artesano de los planos astrales, se imbuye dentro del pneuma naturado de los seres silvestres, minerales, vegetales y toda suerte de animales. De esa manera, todo artífice cuya suficiencia fuese rayana a lo poético, posee la capacidad de compenetrar la substancia fluídica de todo un alma colectiva, sorbiendo y destilando las tinturas unidimensionadas de todos sus aspectos conscientes.
Resultado de ello es una adhesión circunyacente que accede a la forma sentimental de una región en particular, dotando al poeta de una visión que se antoja omnisciente por derecho propio.  Es este el caso en esta narración.

Valle-Inclán se inserta en el ser omnidifuso de esta región agreste, extrae, alía, destila, consolida y disuelve su quid esciente, para otorgarnos, muy estilizadamente y entre los giros de sus arquivoltas tropológicas, la cosmovisión, sentimiento y temperie inconsciente de este villorrio de aldehuelas, afortunadamente montano y lejano, donde una creencia, estigmatizada por el hábito de sus ánimas hiperpermeables, permite construir todo un drama de vocación mistérica y numinosa.
El escritor da mostranza de la entidad generada por los enfilamientos de consideraciones hincadas en el bemol de las supersticiones y los dogmas, incensados con la mirra que, al trasluz de los herbajes, se entrevera con el humus tempranero de la leña crepitosa.


Prosaicos prosistas sin metro,
en ustedes el Cisne se ahoga
pues sus distorsiones ya le acongojan,
estultos copistas, carentes de Plectro!


J.MG