<<El cuerpo deviene espíritu, y adquiere del espíritu
la finura, la ligereza, la dilatabilidad, el color, la
capacidad penetrativa, y todas las restantes cualidades;
el espíritu, por su parte, deviene cuerpo, adquiriendo
el espíritu, por su parte, deviene cuerpo, adquiriendo
su resistencia al fuego, su inmovilidad y duración.
De los dos elementos nace una substancia ligera que,
no posee, ni la solidez de los cuerpos, ni la finura de
los espíritus, y cuya naturaleza es exactamente
intermedia entre los dos extremos>>.
(Jâbir-ibin Hayyân).
Una vez la humanidad adscrita al ser hominal, se viese emplazada en la circunyacencia espacio-temporal, centrípeta y astringente de la esfera dimensional, adscrita al mundo fenoménico, el individuo, advertiría toda una omnipresencia de trazas diacrónico-ontogenizantes.
Esta presencia ininterrumpida, de mera senscencia evolutiva, iría en concomitancia, desarrollándose entre la substancia de la conciencia, develando su condición afectivo-trascendental, a saber: el Dolor.
Lo inextricable de esta entidad, de este ser, a un tiempo inexprimible, ubicuo e inexorable, se amancebaría – desde las instancias ontogenésicas de la humanidad – análogo a una suerte de inherencia, en virtud de la cual, episódicamente, tendería a manifestar la expresividad de su ser. Lo manifestativo de esta expresión, acusaría pues, variopintas formas de explicitar su volición esencial, fuese ya en la modalidad de contrición fisiológico-humoral, o ya, en la relación entitativa de cierta condición intuitivo-introyectiva, cuyas aspectaciones, franquearían las mamparas desde donde el ego se auto-asimila, advirtiéndose cual afección existencial. Ambas manifestaciones no poseerían basamentos definibles para ser constatables, pues, su substancialización, sería cotejable con la vertiente pantomórfica por la cual, el sentido esciente se hace presente en la continuidad noético-noemática, tanto a nivel vigílico como onírico. Esta substancia manifestativa del dolor, veríase aletargada a intervalos, tornándose tal como una inflexión muda, que “ulularía”, desde cada ápice del organismo, dolencia tan inherente a la inmanencia anímica, que se evidenciaría, metaforizándose, en una égida subrepticia que, se paradigmgtizaría cifrándose en involución una vez se refractase la evolución de los momentos, en la totalidad consciente del ser hominal.
Otra de sus epifanías, conseguiría tamizarse y matizarse en el fuero del ser humoral, anímico y espiritual, según su proyección heurístico-retrospectiva. Como ángulo cotejable, ello se homologaría pues, a una pleamar, en virtud de la cual, el sentido de ser, de estar y pertenecer en inmanencia, se advertiría tal cual un ahogo, una angustia, cierto acceso de desasosiego, ora sutil, ora advertible, ora inaprehensible o bien, onírico-contráctil. Y esta presencia siempre naciente, sería cotejable a un dédalo de opresiones, por demás impertérritas, espectro constituido a metáforas ontológicas del sentir, mismas que no dejarían de autocompensar el numen de su propia avidez por practicar sensaciones de vacío, regurgitando visos emotivo-sincrónicos, que se extravían en fondos de purísima aleaciones turbativas.
Gnoseológicamente, culturas en sociedades, así como éstas en tradiciones étnico-folklóricas, han peyorizado de manera ominosa, la ontología secuencial e inter- penetrativa de esta entidad. Se ha tendido a soslayar, dimitiendo a su arqueología metafísica, puesto que, el envés de sus manifestaciones, envestido, sino encarnado en el ya meta-lenguaje de su aparecimiento hominal o animal, se concibe tan inasible que, solamente lo predicativo y artificioso, tanto en el marco ce las Bellas artes, o así, en el fuero consuetudinario de una vida rutinaria, solamente dejan intervalo para entrelucir, la manifestación, ya degradada y difractada de su verdadera quididad.
Sin embargo, no deja de ser anodina empresa el poder concebir, de su ser entitativo, una focalización manifestativa de mera antítesis, con el fin de aquistar un plasma primigenio para apenas intentar definir, sino su ontogenia pura, al menos, el contraste de su virtuosismo asimilador. Esto es constatable, pues, desde un marco de optimización discernible, a través de su antípoda: la elusión de su constancia, a saber, las égidas eudemonológicas.
Se elucida a este respecto, la elusión del dolor. En este soslayar su omnipresencia y ubicuidad, el mundo, en tanto manifestación de una expresividad óntica que se realizaría en miríada de representaciones y carices, a su vez expresivos, se afirmaría en la sustentación de su esencia expresiva, en tanto ininterrumpida evasión de su contundencia. Aquí, surgirían, como puntos referenciales, imperativos culturales, diversa tipología asimilativa, atingente a la percepción elusiva del ser del dolor, consolidándose en esta repulsión, la multiplicidad cultural, valoraciones, normativas ético-doctrinales, y demás clichés de esta naturaleza.
El presente ensayo, más que intentar propugnar escorzos hedonistas e incluso, eudemonistas, pretendería exaltar y preponderar la existencia de esta monárquica omnipresencia.
Todas las formas, sujetas a recreación en la acidia relativa al placer, se realizarían o se harían ser, merced a la interpenetrabilidad del agente en cuestión. Los más diversos efugios y subterfugios de traza hedonista, se facilitarían gracias a la elusión aludida, a ese incesante capeo relacionada a la intervención, por demás inmarcesible, de este ser. (El dolor).
En esta constante realizativa, encauzada desde los amparos contradictorios de resistencia-evasión, de ser y pretender no atender, de contracción dolosa y dilatación imaginativo-volitiva, en tanto expresión antitética, se ubicaría, en el alma, ya irascible por intervención de esta dialéctica, de afirmación y negación, de cohesión y repulsión, toda una notación de encaje, a fin de dar a luz, variopintas maneras dimanadas, por contraste, del imaginario y la noesis, blasonadas en una pro actividad, fáctica y eficiente.
Si, la esfera noética, en su constante rarificación, refracción y subdivisión, correlativa a sus procesos aprehensivos, llegase a concertarse con el principio entitativo del dolor, su absorción intaconsciente, su interacción en el fuero reflexivo, no haría más que generar, secuencialmente, una seriación de mociones, alteridad que terminaría ministrando una especie de bilocación noético-entitativa e identitario-trascendental. Este efecto, sería consecuencia de la activación internuncia y concomitante del dolor, en la convergencia del plano consciente, dando a resultas, la constitución de una realidad entresacada de la derivada de tal desazón, de tal desencanto, desavenencia y frustración, tornándole (al dolor), tal como un principio regulador, predicativo en el marco ontológico del hacerse ser en virtud de una forma expresiva.
A este nivel, tal y como acontece con determinados ácidos, cuya acción sobre ciertos sólidos, puede determinar un valor de índole metálica, preciado en su envergadura, dado a que, su potencia corrosiva posibilita la eclosión de la gema. De esta guisa, la acción depuradora del agente doloso, no solo aquilataría la suficiencia perceptiva, en la relación del existirse la mismidad de la inmanencia, ya cual ponderación afectiva y trascendente. Aquí, se trasluciría, en el fuero afectivo, intelectivo y sentimental, la apertura hacia la dimensión de un desencanto cuya incidencia, devendría catarsis de trascendente manera, constriñendo a la conciencia a depurar, por su parte, sus imperativos circunstantes, ya maculados en su inclusión mundana.
Sin embargo, dicha escisión, este divorcio del mundo, no implicaría más que un auténtico maridaje, una boda de constituyentes ideológicos, los cuales concebirían la magnitud ontológica de una existencia idealizada. Esta concepción ideóloga, existente en el plano almático del individuo, podría adquirir la virtud disolvente para deconstruir las imposiciones circunyacentes al contexto de la realidad, siéndole asequible transformar sus apariencias, hasta llegar a transmutar su aptitud condicionante en una mera argamasa que, al igual que el barro en estado pastoso, es vulnerable a ser moldeado.
Esta alquímica virtud de conseguir arrancar en bruto los sedimentos perceptivos, relacionados a una conciencia inficionada, no deja de tener cotejo con procedimientos de procesos transmutacionales. La suficiencia disolutiva de esta intervención, progresivamente, iría desarticulando el espectro rutinario de la percepción cotidianizada por los ejes consuetudinarios, de igual manera, corroería lo meramente operativo concerniente al hábito y al costumbrismo, impuesto por las férulas socio-culturales, de presupuestos apodícticos gregarios.
A partir de esta focalización emergente, la conciencia, debidamente insurreccionada, se subvertiría ante sí misma y su entorno, promoción que devendría en labor destructiva, relativa a esa conciencia traicionada por la tradición, auspiciando una autodestrucción, propiciada por ella misma, desde su ser, ante su ser y en su entidad discursiva y colateral-inconsciente.
Como lo es nacencia, la emergencia del ser embriogénico, muchas son las nacencias en multiplicidad de experiencias. Empero, la nacencia por antonomasia, constituiría pues, el nacimiento en el dolor.
Sería entonces, a este específico nivel, en donde se nacería auténticamente, comenzando así a despertar del letargo de una vida infecta y purulenta de inanidad e inercia, carente, pues, del dinamismo y movición, propios de toda causación, potenciación y realización existente.
En este vértice epistemológico, la esencia del dolor extremaría la percepción diacrónica de la temporalidad, logrando, de cada momento, un emporio de calidad existenciaria, no ya de un acumulamiento pasivo de expectativas sometidas a la esfera hedocentrista imbuida por toda la dramaturgia social.
En el ámbito interior del alma humana, el dolor, en tanto agente ignívomo, propiciaría un desembrozo, una purificación y un refinamiento, vinculado a esa substancia constitutiva inherente a la inmanencia, análogo a una tierra incinerada, con el fin de remover los sedimentos superficiales, consolidando, con el calor de la combustión y la calcinación, un desarrollo de formas puras concernientes a la naturaleza específica de esa entidad almática en cuestión.
Estas formas puras del alma, encontrarían resonancia con determinados spérmatas o ideas innatas, mismas que, tal como una simiente cuyo brote se arboriza, evolucionando y brindando sus frutos, de igual manera, estos frutos interiores, alimentarían desde adentro al individuo, nutriéndolo, no ya de lo externo, cuanto que de lo interno. A través del mosto adquirido por mediación de la nutrición de estos frutajes, el sujeto podría, efectivamente, construirse dese adentro, aproximándose al en sí de su substrato cualitativo, y con ello, adquiriendo suficiencias noético-imaginacionales y heurísticas para conseguir realizar una realidad propia, no ya impuesta, así por igual, modificando los presupuestos de la realidad mundanal e instaurando todo un reino de sí mismo, ante sí mismo y, consecuentemente, ante el mundo.
A manera de homologación ejemplificativa, cabría reseñar el caso de un organismo físico, mismo que se viese conculcado por determinada entidad morbífica, una enfermedad, cuya evolución, gradualmente fuese royendo la corporeidad del inficionado. Dicho estado, habría de contemplarse tal cual un agente propiciador de prolapsos anímicos, instaurando un ámbito frustrante en la jurisdicción esciente y sensciente del paciente.
Empero, esta desazón, en alternancia con el desarrollo de la morbidez, desarrollaría, en la conciencia del enfermo, mociones catárticas de concernencia heurística y asimilativa, estimulando así las refracciones vibratorias de la imaginería, con ello desplegando, desde lo noético, spérmatas noemáticas, adscritas a un remanso, por lo general subrepticio, pero que, sin embargo, en tales instancias, favorecería una singularísima apertura hacia módulos de organización relacional con las imágenes. Y, desde este fóculo, de incidencia conmovida, el ideario del paciente, se endilgaría hacia la creación de otras realidades, sublevando la fantasía en tanto propugnáculo, forjando del ensueño, todo un mundo paralelo y de correlatividad con las secuencias de la realidad.
En la punción de contrición encauzada por la manifestación, eminentemente corporal del dolor, fuese ya en su modalidad de escozor, de ardor o así, de corrupción abrasiva, la imaginería, debidamente instaurada en una esfera divorciada del cuerpo, izaría, desde estas alternativas de sensación, todo un reino de efugios alternativos, en virtud de los cuales, el alma, en su relación a su mentalidad o mente, insuflaría los ejes de la conciencia con la velocidad resistente de su contra-vertiente, estimulando así, la nacencia de otras realidades, más sutiles y menos limítrofes.
En lo concerniente a tipologías de dolencia sentimental, la secuencia de los procesos anteriormente exprimidos y explicitados, se instauraría de análoga manera, siendo el referente promotor, un escozor que no poseería localización alguna, pues, su organismo determinaría ya, la entidad sutil de la anatomía almático-humoral y trascendental-emotiva.
Si el caso en cuestión, consistiese en la pérdida sensible de un ser bienquisto y amado, el efecto ignívomo-astringente y corrosivo, inherente a la entidad del dolor, tal como valoración pansófica y esciente, así como sensciente, determinaría una absorción-destilación, vinculada al substratum entitativo-cualitativo del ser amado en cuestión.
En esta cimera de abstracción compulsional y concitativa, así como conmocionada, la precariedad existenciaria advertida con respecto a la persona trascendida, en tanto efecto de vacío, practicado en la interioridad del dolido, endilgaría una optimización de abstracción intuitivo-astringente, cuya particularización y absorción ontológica, determinaría una extracción sumun -extra-corpórea, en razón de la cual, se refinaría destilativamente, tal como una substancia odorífera fina, el perfume quintaesencial del ser amado.
El sufrimiento, en esta incumbencia contextual, no solo abriría el pórtico hacia lo existente no develado de potencias inmanentes, sino que, a un tiempo, el potencial inherencial de poder aquistar y transubstanciar la quididad del ser fenecido o extraviado, hacia la substancia noético-pulsional, vertida y organizada en la organización espiritual y consciente del individuo acongojado, con ello pudiendo aprehender la esencia de la ausencia y, consecuentemente, existir su existencia, en el marco de una trascendencia ininterrumpida, fértil y urobórica.