A guisa de exordio dilucidativo, cabría inquirir, ¿De los principios ontogenésicos, cuál podría constituir el agente en virtud del cual el deseo nace, se desenvuelve y realiza?
Ya se extreman optimizaciones analógico-inductivas, basamentadas por el decurso de siglos de evolución intelectualista y espiritual.
Hacia el siglo IV a.C., metafísicos de la nombradía de Tarkasamgraha de Annambhatta (Sistema Samkaya), apostillarían de críptica y conspicua manera que, el deseo surge, merced a un principio desiderativo, de pura desideración, en cuya esfera ontológica, se realizaría la volición misma, en su modalidad retrotraída hasta su fuero arquetípico-divinal.
Hacia las medianías del siglo XVI, figuras como Jacob Boehme (Mysterium Pansophicum), Paracelso (De ente Spirituali), sostendrían estos presupuestos gnóstico-metafísicos. En el siglo XVII, Johann Georg Gichtel (Theosophia Práctica), Swedemborg, hacia las postrimerías, también de ese siglo XVII (Pneumathología) y, más propincuamente, Elena Petrona Blavatsky, hacia el siglo XIX, (Teosofía y Cosmogénesis), representarían baluartes y exponentes de este principio.
Dicho principio, se realizaría a nivel cósmico, ya en la vertiente de una fuerza in abstracto, latente, fluctuante y potenciante, misma que se desarrollaría en acto puro, en la modalidad de energía, causación que determinaría las variopintas y multiformes gradaciones de naturación.[1] La Unidad que deviene díada, lo divino-indeterminado y uno o Archetipus, también consabido como: Espíritu cósmico o Nous divinal, discernido desde la cosmogénesis que fuera, como instancia primigenia, segregaría en sí mismo una sublimación. A partir de este vértice, dicha segregación-separación, su ontogenia o ser tendente, desearía, “querría querer”, destilando una substanciación.
Dicha substanciación, avatáricamente evolucionando “excretivamente” (mediante excreción), iría adquiriendo patrones centrípetos de radiación energética, en virtud de la cual, la Inteligencia cosmificante y noético-arquetípica, ubicaría emporios concéntricos de fluctuación, con ello conformando las partículas mínimas de energía o mónadas.
La inteligencia monádica, segregando un epiciclo de sublimaciones alternas, devendría – en su tendencia concéntrico-centrípeta – átomo (anu), mismo que, a su vez, estaría insuflado por esta inteligencia ontológica. [1] El término naturación, indica el proceso mediante el cual, la aludida energía, direccionada por los patrones arquetípicos, mismos que correlacionándose con pre-figuraciones establecidas en el éter, se amoldarían, si fuese el caso, verbigracia, a la “arboreidad” de un árbol, en ello estableciéndose la naturación, o el devenir naturaleza desde su semieje abstracto.
Empero, estas mónadas y átomos, estarían emplazados y sucediéndose en un plano supra-etéreo, supra-ontogenésico y proto-naturativo, (Aéther_Mûlaprakriti), entendiéndose con ello que, aún no conformarían la dimensionalidad ontológica fenomenizada de las mónadas físicas (de Physis), cuanto que de una pre-naturaleza dimensionante. Sería a través de síntesis, subdivisiones, sincretismos, y transfiguraciones entitativas, como se alcanzaría, el ámbito de la temperie circunscrita a la particularización de la energía, envestida ya de lo espacio-temporal y resistente en su magnitud de concentricidad propiamente física, por lo que, el átomo físico, en sus infinitas relaciones transmutacionales, se tornaría en conglomerado molecular, hasta alcanzar el grado de un cuerpo simple o elemento. Empero, no es de negligir que, dichas proto-mónadas y estos proto-átomos, en la relación de su pre-ontogenia naturante (Mahat), estarían, cada cual, insuflados de lo inteligente o esciente arquetípico.[1]
A esta insuflación esciente-tendente, concerniente a lo monádico y atómico pre-ontogenésico, se le denominaría eón o deva, o bien proto-daimón, no siendo estas modalidades de energía más que, lo entitativo-inteligente, derivado de las sublimaciones arquetípicas, mismo por lo cual, las culturas antiguas, le confirieran una nomenclatura, tan congruente que, muy bien podría compararse con la función distributiva, asimilativa y refractiva relativa al desempeño celular, operando en determinado organismo.
Atendiendo a esto, se dilucidaría lo siguiente. A fin de que, efectualmente, llegasen a determinarse estos elementos (agua, tierra, fuego, aire y éter), debió existir una pre-elemntalización, es decir, la existencia de pre-elementos, de análoga manera con lo expuesto respecto a la pre-ontologización de la naturacion en su estadio sutil.
Aquí, serían los patrones direccionales pre-establecidos mediante las formas arquetípicas, por medio de los cuales, todo ese amasijo inteligente y animado, se cultivaría, desarrollaría y encauzaría, en una suerte de matriz, sensciente y esciente, cuya suficiencia estribaría en constituir una especie de ectoplasma[2] imbuido de una causa eficiente, formal y una causación final.
Gracias a este continente plasmacional, ubicuo, y animado, que muchos vedantas y tantristas denominan Ánima Mundi (Paramâtman), o como bien la denominara Paracelso: Gestrim, los patrones direccionales atingentes a las figuraciones ontogenéticas, se consumarían, extremando en su plena [1] Lo esciente-arquetípico, hace referencia a una nomenclatura de índole metafísica, en virtud de la cual se entiende lo Inteligente inherente a la inmanencia trascedente circunscrita al ser de lo arquetípico, tanto en su unidad, como en su multiplicidad manifestativa en los planos naturados, en tanto proyecciones reflejadas en la noesis del ser humano y sus variopintas distinciones.
[2] Se trata de una substancia fluídica de naturaleza astral y mental. Se constituye de electricidad dimanada del fluido nervioso, y se substancializa por mediación del agente astral, atingente a las emisiones de formas-pensamiento, dimanadas del imaginario. Es, raramente constatable por vía visual. Empero, sujeto a ser advertido por medio de intuición trascendental.
concreción encarnacional, el consabido polvo cósmico físico. Empero, menester es reseñar que, esta Alma cósmica, tal como una modalidad de expansión evolutiva, arborecería, diversificando su substancia inmanente, conformada por su fluido ódico[1] o substancia etérea, sujeta a influjo e influenciable. Estas ramificaciones de su ser, comprendidas a manera de una urdimbre arterial de sutilísima materia, adquieren la nomenclatura de Sùtrâtma o cordón de plata, conocido por las tradiciones teosóficas de Occidente. Dichas “arterias” harían asequible la conducción, causación y coordinación de las aferencias y eferencias relativas a todas las modalidades de distribución atingentes a las substancias eléctrico-magnéticas, así como bio-energéticas y radiaciones eónicas de mera incidencia naturativa, desempeñando un papel distributivo, similar al de las arterias de un organismo animal y el de las venas, aportando y energizando, nutriendo y sincronizando los agentes calóricos y nutritivos.
Siguiendo el arcaduz anteriormente expuesto de sublimaciones, subdivisiones, transmutaciones y síntesis, se alcanzaría la formación de los cuerpos celestes o astros. De esta suerte, la entidad de los astros, estaría pre-determinada y efectivamente constituida por lo difractivo-sublimado, derivado de lo arquetípico. Esta tamización de radiación concéntrico-centrípeta, en la vertiente endilgada por lo eónico o dévico, según lo anteriormente exprimido, se potenciaría sincrónicamente en la substanciación correspondiente, encaminada desde lo pre-monádico hasta lo monádico, así como también, desde lo pre-atómico, hasta alcanzar el grado de lo atómico-constitutivo. Y, partiendo de ello, devendría en el ser de los proto-elementos, pasando a través de lo físico-entitativo inherente a los cuerpos simples físicos, consolidando una síntesis y mixturaje que determinaría la conformación de los astros en cuestión.
El encauzamiento y dirección de todos estos patrones ontogénicos, constituiría el aludido principio de desideración ya en su optimización realizativa, es decir, el principio astral o principio de deseo (kama). En la mera conglutinación sincrónico-entitativa de elementos físicos asimilados, justo en la particularización monádico-atómica de sus constituyentes eónicos o entidades inteligentes, el astro, en sí, sería poseedor de un ánima propia, misma que sería derivativa del Alma cósmica, que por su parte, dimanaría del Nous-arquetípico-divinal.
Y, sería a partir de la concreción encarnativa de los anteriores constituyentes de energía inteligente, en virtud de lo cual, este principio desiderativo, desde la sede inmanente de cada astro, se refractaría y difractaría, direccionando los procedimientos de naturación, propiamente, a través de canalizaciones operadas mediante las diversificaciones adscritas al Sútrâtma. Y, merced a ello, a este principio desiderativo, se le ha denominado el Principio astral. Ahora bien, atendiendo de homologada [1] Una modalidad ectoplasmática, cuya incidencia implicaría una suficiencia, generalmente influenciable para con otras entidades, tanto físicas, como mentales y astrales.
manera los avatares ontogenésicos y cualitativos expuestos anteriormente, todo este sistema de radiación entitativo e inteligente, se vería correlacionado con un proceso reflectivo. Por esto motivo, tanto tantristas como teósofos, pitagóricos y plotinistas, denominarían a este método de sucesión reflectivo: Lo mental superior, pues, toda la consecución se asimilaría tal como el procedimiento en virtud del cual, lo arquetípico, en la sublimación de su ser, emitiera gradaciones luciformes relacionadas a su propia esencia, reflejándola a manera de un pensamiento o una reflexión (Svasamvedâna)[1], misma que “mentalizara” todo lo ontogénico, lo pre-naturativo, así como la dimensionalidad físico-entitativa.
La naturación, como tal, ¿De qué sería consecuencia? Pues, del fóculo esciente-emanativo y sensciente, derivado del deseo de lo arquetípico por hacerse ser o realizarse, a través de procesos encarnativos y sincrónicos, hasta conseguir condensar y sintetizar sus radaciones.
De esta guisa, el eón, fungiendo como entidad inteligente conformada de energía, segregaría a la mónada, misma que quedaría imbuida de este agente eónico. Ulteriormente, este mismo eón, sublimándose más específicamente, se atomizaría hasta devenir elemento o cuerpo simple, alcanzado el pespunte inherente a la naturación de los reinos naturados.
Se conformaría el reino mineral, cuyos principios y entidades constitutivas, participarían de lo Inteligente-arquetípico por mediación de lo eónico-atomizado y molecularizado, así como elementalizado. Luego, se llegaría al reino vegetal, en cuyo ámbito, la aludida participación de lo esciente-entitativo y eónico, iría adquiriendo grados de distinción ambiental y circunstante, ello todo mediado desde el principio astral de desideración. Ya en el ser del reino animal, lo eónico-entitativo, devendría, de mero principio astral de desideración ontogenésica, a un principio de instintuación individuada. Esta instintuación individuada, implicaría la emergencia del instinto que, en sí, no sería más que un epílogo de lo entitativo monádico-atómico, molecular, elemental, celular y orgánico, ello todo “atravesado anímicamente” por lo eónico, que representaría y desempeñaría el papel de internuncio directo entre lo arquetípico o Espíritu cósmico y el fóculo de instintuación, intermediandose arterialmente merced a los filamentos del Sutrâtma.
En este emporio de instintuación, lo eónico, a nivel atómico-elemental, molecular y celular, conciliaría una ultra-síntesis asimilativa de lo esciente-arquetípico en el plano de su inteligencia emanativa. Y, sería en razón de esta participación con la imago de esta proyección espirituante a partir de las esencias contenidas en lo arquetípico, como, el instinto, se [1] Término relacionado con la metafísica veda, mismo que designaría, en el atributo inteligente, inherente al Nous arquetípico, la suficiencia de poder pensarse a sí mismo, y en haciéndolo, “pensar” al mundo físico, afinándose aún más cualitativamente en la inteligencia del ser humano. Por esta razón, se consideraría a la intelección hominal, nada más que un contrahaz de la inteligencia divinal, haciéndose ser y realizándose en su eterno reflejar. (Anámnesis platónica).
sublimaría segregativamente hasta retrotraerse entitativamente al grado de su ser causal-identitario y divinal (Pymander). Es entonces donde, acontecería un “salto cualitativo” por medio del cual surgiría, como una simiente recién escindida, la entidad de la razón, como mera compilación diacrónico-sincrónica y sincrética de todos los patrones inteligentes en secuencia evolutiva, representando por esta razón, un semieje en el cual la Inteligencia arquetípica conseguiría reflejarse de manera ya directa, aún cuando difractada, entre visos de concomitancia instintuales y circunstanciales (Ahamkara).
Ya llegados hasta este nivel naturativo, cabría cuestionarse, ¿Qué implicaría toda prospección, en tanto manifestación en potencia de una desideración o deseo, fuese este el que fuese? Y, ante esta interrogante, surgirían otras, ya que, ¿Qué procesos conllevaría el desear en un deseo?, ¿Desde qué aspectos se relacionaría la génesis de un deseo?
En primera instancia, la implicación de toda desideración, comportaría la síntesis, mixtura y discernimiento de imagos o bien, imágenes derivadas de las Ideas arquetípicas, ya estratificadas en su denominador conceptual. Esta segregación de mera imaginería sincrónica y discernible, tal como la citología concerniente a los procesos de las células en sus diversas mutaciones y selecciones, albergaría un patrón fluídico. En el ser de su constitución entitativa, instituida de substancia mental que, como bien se expuso con antelación, es ya una reflexión de lo mental superior, en tanto substancia, representaría constitutivamente, una neta substanciación de lo mental superior, en su aspectación eónico-plasmativo-entitativa. ¿Qué se pretende exprimir con esto? Pues que, lo constitutivo de una imagen (mental), estaría conformado por los elementos pre-ontogénicos aludidos líneas arriba, es decir que, la imagen, estaría constituida por los cuerpos simples pre-naturantes o bien, la esencia ultérrima de los elementos físicos, substrato cualitativo-elemental del fuego, del aire, del éter, de la tierra y del agua.
[1] Los Tanmatras, se conciben en la metafísica hindú (Purva Mimansa), tal como una suerte de contrafigura correlativa a los cuerpos simples de índole física (naturaleza), o elementos físicos. Estos elementos del alma se relacionarían básicamente con estadios de aferencia mental-humoral. Se concibe al instinto sin desarrollarle racional y espiritualmente, una neta terrenalidad del alma, un aspecto abyecto de mero instinto bruto; el fuego, a este respecto, se consideraría un estadio de expansión ideológica propiciada merced a cierta crisis que implicase una combustión, un “incendio” catártico, generalmente asociado a una situación de sufrimiento o de excitación; y así sucesivamente con los elementos restantes. Caber resaltar que, en la difracción, mixtura, sublimación, consolidación y subdivisión de estas elementos interiores, estribaría la formación de formas-pensamiento, que no serían más que entidades astro-mentales, derivadas del imaginario.
exquisita manera de interpretación no haría referencia más que a lo pre-entitativo de los cuerpos simples. En este sentido, una imagen, al final de cuentas, ¿qué podría representar, en la integridad de su ontogenia? Pues, una imagen, constituiría todo un ser, cuya anatomía sutil, no dejaría de representar un todo formado y animado, así como esciente o inteligente, según su derivación desde lo esciente-arquetípico y, sobre todo, un ser, conformado intrínsecamente, desde la inmanencia numinosa de su entidad, por eones, como un organismo animal se constituye por células.
Eros, una sublimación eónica de transcendencia entitativa
La proyección imágica[1] de índole desiderable, cuyas implicaciones conciernan propiamente a la relación atraccional de incumbencia libidinosa, cífraríase como una de las potenciaciones desiderantes más poderosas. A este respecto, y de análoga manera exegética a la formación de las entidades elementales, naturantes y demás, como primer paso, se comenzaría deseando el ser fisiográfico de determinada persona, figurándonos que se tratase de una fémina.
Al desearle, se le espectralizaría, es decir, su imagen física, devendría una mera Phantasmatha[2]. Esta entidad, con el decurso del tiempo, tanto imaginacional como mecánico, adquiriría una especie de identidad, imbuida por la potenciación relacionada con los grados de deseo o así, de substanciación astral (principio astral) propiciados por el sujeto deseante. Los efluvios humorales, astrales, magnéticos, y eléctrico-noéticos, o mentales, ya considerados como emisiones de pensamiento, irían instigando una insuflación anímica en la genealogía eónico-entitativa de la que se conformaría la imagen de la mujer en cuestión, al grado de ir, paulatinamente, recreando su ser eónico-tamattríco, entre ambientaciones, también evocadas phantasmáticamente por virtud del principio desiderativo especificado en estas relaciones.
En la medida de la interrelación recurrente de esta entidad eónica, se alcanzaría un punto hegemónico de preeminencia desidetativo-atraccional, al grado que, el individuo, en la consuetud de sus rutinas diarias, estaría siendo moderado y sutilmente consumido por la atracción de este ser o entidad, misma que en el Medioevo, solía denominársele como Súcubo, así como en el Tantra Shastra, Dakini, o como Paracelso la catalogaría: Vamphir o Lémur astral.
Se alcanzaría la encrestadura o cimera del onanismo o la autocomplacencia de índole masturbativa; y en esta medida de ejercer concúbitos con dicha entidad astral o con la imagen de la mencionada mujer ya en su aspecto imágico-phantasmático, se iría, progresivamente, “fecundando” esta entidad, una vez el imaginario del individuo, al [2] Término que designaría una suerte de fotocromía animada y fluctuativa, debidamente incubada en la conciencia del individuo.
consumar el proceso pre-eyaculativo, eyaculativo y post-eyaculativo, le dotaría de un ánima individual y derivativa, tamizada desde su propia aferencia bio-química y humoral, así como inmanente. Progresivamente, en el hábito de la recurrencia autocomplaciente, los eones circunscritos al fuero de su entidad elementalizada con los elementos sutiles, las emisiones de fabulación, sus relaciones y derivaciones, se imbuirían de la direccionalidad esciente, misma que se localizaría en los planos instintivo-racionales[1], consolidando, en el nucléolo del eón, todo un mapa emotivo y conceptual de prospecciones y substratos de deseo.
A este nivel, la Phantasmatha femenil, ya encauzada e informada eónicamente de las relaciones imágico-asociativas dimanadas de sus más íntimos recursos inmanentes y diacronías emotivas, sencillamente, vampirizaría al sujeto. Peo, ¿De qué manera le extraería su vitalidad? Pues, desencastillando o conculcando los procesos coordinados adscritos a la frugalidad de su equilibrio emocional, constriñéndole a recurrir una y [2]otra vez, al aludido ritual del onanismo, mientras el Dakini se nutre de su vitalidad, a través de las emisiones bio-eléctricas, humorales, químicas y astrales, contenidas en las emisiones seminales. Y, alcanzado este grado, no sería extrañeza que, este Vamphir, interviniera a su apetencia en el ámbito onírico del sujeto, sincronizando prospecciones libidinosas, deseos de instigar en otros individuos, la asistencia a centros de lenocinio, si este fuera el caso, entre los más simples que caben mencionar.
Favorecería, a su vez, en definitiva, desarmonizaciones conyugales, exasperando el humor anímico del individuo, si este no supiese endilgar el influjo de su creación sucúbica, ya que ésta, le expropiaría la suficiencia sexual y le anegaría entre océanos de procesos fantásticos y de monomanías imaginativas, siempre subyugadas a este respecto.
Ritualización y consonancia con la entidad sucúbica
[1] Lo instintivo-racional, es un término acuñado por el autor de este ensaño. Se relaciona, propiamente, a esa esfera instintual-animal en cuyo semieje en constante emisión de substanciación astral y desiderante, estribaría una escala inmanente de categorización racional, una suerte de razón implícita al instinto animal. Mediante este fóculo de emisiones, se consolidarían “materias primas sutiles” que, instauradas en la organización de los Tanmatras, determinarían las condiciones ontogénicas para el desarrollo de las emisiones mentales, otorgándoles, a un principio y de forma no tecnificada, una vaguedad semi-animada y de mermada direccionalidad esciente.
[2] Domicilio o centro de congregación en la cual se concilian concúbitos, por lo general consumándolos, o bien, favoreciendo su estimulación, ya desde la provocación de una fémina hacia un varón. Vulgarmente, estos centros de placencia se conocen como burdeles o lupanares.
contigüidad depauperaría o desmejoraría la creación sucúbica, por la sencilla razón de un vínculo de mera magnitud físico-resistente, amparado mediante la fisiografía misma de la mujer que, a la postre, terminaría restándole efecto, obteniendo con ello una reacción similar al de llover sobre mojado; y ello carecería de efectiva trascendencia. Menester sería entender que, el anna-maya-kosha o cuerpo denso, es una organización concéntrica de constituyentes nutrimentales, suspendidos en una especie de “fijación continuada y definida”, misma que implica una posibilidad de asimilar y transmutar los eones energéticos derivados de entre el alma de los alimentos. Consecuencia de ello es que, la corporeidad fisiográfica, se optimizaría tan solo como un fóculo de resistencia espacio-temporal, en virtud del cual se tamizaría y substancializaría, desde un amparo netamente alimentario, la entidad física del ser humano. Y, dado a la propincuidad o cercanía, tanto de sus efluvios humorales, como de su contracción sutrátmica, la mujer carnal, mermaría el efecto de su doble sucúbico, mismos que sería entresacado de sus estelas sutiles, etéreas, astrales y sutrátmicas.
Sin embargo, a esta entidad sucúbica, habría que conservarla en el relicario de un secretismo hermético, sin ni siquiera ser revelado y difundido entre amistades, pues, en la sola diseminación de su relación imágico-vinculativa, el imaginario de otras personas, expropiarían la energía eonizada y astralizada del deseo acumulado.
Lo que se sugiere es lo siguiente. Haciéndose acompañar de una concubina, misma que guardase cierta aproximación fisiográfica con la imago del Súcubo, habría de entablarse un concúbito, o así, si el caso lo comportase, con la cónyuge, la esposa o la amiga.
En el desenvolvimiento de la relación erótica, la Phantasmatha de la fémina y su fuerza sucúbica, se manifestarían, cebando, en un punto dimensional atingente a la persona respecto a la cual se ejecuta el concubinato, cierta transfiguración imágica, misma que ofuscaría la realidad física de la concubina o la esposa, emplazando, en las emisiones eróticas del fluido mental de la mujer real, la entidad potenciada de la figuración entitativa del Vamphir. En logrando esto, en sí, se estaría teniendo una relación erótica, no con la persona orgánica, sino, más bien, con la entidad phantasmática, misma que propiciaría aluviones de libídine, extremadamente aguzadas y punzantes.
Ulterior a este punto liminal de “erogenización sensciente”, se habría de practicar la inyaculación, con el expreso propósito de conferir y transvasar al Dakini o entidad sucúbica, la energía de libido dimanada de la concubina carnal.
En posteriores connubios con la misma persona fisiográfica, el nivel de erogenización incrementaría. Consecuencia de ello se obtendría que, la amante, en su ser humoral, químico y erógeno, conseguiría advertir, a través del recurso del sùtrâtma inherente en ambos cuerpos, la intervención de una potencia tercera, misma que sería la encargada de galvanizar hiperbólicamente el sentido máximo de las exitaciones. De esta cuenta, las aferencias lóbrigas o lujuriosas, acervarían un clímax exorbitante, astral, esimulante, y de trascendencia mitogenética, en lo referente a potenciar la vitalidad o astralidad del súcubo en cuestión.
Ciertas sectas tántricas, franqueando aún más los linderos de esta ritualística, utilizaban proyectivamente la energía sucúbica, con la finalidad de designarle cometidos específicamente relacionados con empresas destructivas o bien, homeopáticas, ejercicio ritual librado a distancia, es decir, cuyos efectos acometían o bien, restañaban a otras personas, enemigos o amigos, siempre llevando a cabo el ritual explicitado en las líneas precedentes.
Nota conclusiva
En un marco de consideraciones subjetivas, mi juicio es anuente a refrendar, junto a algunos mistagogos, taumaturgos, nigromantes y no muchos metafísicos, tanto caldeos, egipcios, como védicos, la siguiente asunción. Debiera rendírsele pontificia pleitesía al deseo, a la lujuria y a toda modalidad de atracción sicalíptica, más que a esa infundada e indefinida convención socio-cultural, a cuyas égidas, tantísimas corpúsculos conyugales han tributado una filiación no menos falsaria. En este sentido, haría referencia al emplasto de los morganáticos o relaciones conyugales que, sin mayores alteridades, finalizan en una bruma de rutina ulcerada por las morbideces de la desazón. El principio ontogenésico más ubérrimo y poderoso, en latencia y en acto puro, no es otro que el deseo. A través de su magisterio, a través de su instigación volitiva, humoral, noética, noemática, almática, intelectiva, así como espiritual, es la manera, en virtud de la cual, la conciencia cósmica y el Espíritu universal, divinizado o no divinizado, develado o indevelado, antropormofizado o espectralizado en variabilidad de carices, se manifiesta como el agente que, sencilla y magníficamente, hace ser todo aquello que es.
En mis consideraciones a este respecto, de manera alguna mistificaría la existencia de una empatía astral, cuyas vinculaciones intelectivas y humorales, llegase a conciliar un idilio, no carente de magnitud estética, de belleza sentimental y de furor pasional.
Quien concebir pueda el amor sin el deseo,
concebir podrá una ola de mar que no mojara,
un albérchigo, cuyo mosto se parezca al cebo,
o bien a un clero, sin onanismo y algazara.
J.M.G