La develación por subrepción
Estajos de Filosofía analítica
(Lo demostrado por virtud de lo oculto en la Metáfora)

“El luminar de la noche, desde
su emporio argentado
acaudilla el cuerpo de
Neptuno”[1]

El propósito de este ensayo no es otro que el de reseñar la manera en que, desde una modalidad cognoscitiva, elucidada relacionalmente por mera referencia, es posible obtener la experiencia de vivencias inadvertidas para la conciencia, en el ámbito relativo a las afecciones sensibles.
Como recurso a esta aplicación, mi elección determinó escoger la figura tropológica de la Metáfora, y esto porque, en ella, los objetos adscritos a la experiencia sensible pueden referirse desde sus características descriptivo-calificativas.

Descriptivamente se podría “llegar” al objeto concreto sin mención del mismo. No de una manera inmediata y físico-sensitiva, cuanto que de varias formas pormenorizantes. Y precisamente por ello, es aplicable al conocimiento por referencia que Ruselle expone, ya que, se da mostración de algo desde sus cualidades, lo cual implica un acercamiento a este desde lo referencial del mismo. A su vez, es posible conocerle por “vías alternas”, desde la indicación de sus componentes constitutivos (el objeto sensible), ya de una u otra manera en las aplicaciones de posibilidades proposicionales.
  
Con la finalidad de conseguir elucidar el origen de la metáfora, es menester reseñar brevemente sus propios orígenes literarios. Desde los presupuestos estilológicos y estilográficos de la literatura, en la modalidad de crítica literaria, la palabra tropo procede de una voz griega que quiere decir: cambio, giro, vuelta o rodeo. Por ello, tropo aplícase a toda mutación de significado (avatar semántico) atingente a la palabra, cuya incidencia eslabone toda frase, en cualquiera de sus fueros estructurales.
Designa las cosas no por su nombre habitual, sino por otros que refleja la visión personal del autor. El tropo se basa en una ley psicológica, a saber, la asociación de ideas, por la cual vemos que éstas no brotan aisladas en la mente humana, sino entrelazadas unas con otras por mediación de relaciones diversas. Dicha ley psicológica permite el intercambio de sentido y la traslación, que da origen a la aplicabilidad de los aludidos giros.

Es de advertir que, existe una diferencia entre tropos y figuras literarias, pues, éstas reciben su propio nombre, en tanto que en los tropos se da una sustitución de nombres. El tropo es exclusivo del lenguaje literario, usado con frecuencia en el lenguaje ordinario, en expresiones tropológicas como <<dormir a pierna suelta >>, <<corre la voz>>, <<cerrar con broche de oro>>, etc., que forman el núcleo del folklore y la tradición popular y sirven de pasto a la semántica. Entre las clases de tropo más utilizados tenemos a la Metáfora, que es el tópico que a continuación habré de desarrollar.

Tradicionalmente ha venido considerándose la metáfora como el tropo por semejanza, cuyo nacimiento tiene lugar en las ideas evocadas por analogía, e implican una comparación. Por lo tanto, en esta modalidad de figuras literarias y en su aplicación referencial, ha sido motivo de mi interés y pasión el enmarcar mis perspectivas en la aplicación de este tropo.

 Es pues, Ruselle quien ha cautivado mi atención en el aspecto de poder utilizar un conocimiento por referencia e ir esbozando distintas maneras de aproximación al núcleo conceptual, todo ello desde las distintas formas descriptivas. La aplicación diversa de aproximaciones a través de lo descriptivo, implicaría, para el uso metafórico, un acercamiento  calificativo por lo general o bien, simbólico.
La metáfora como tal, es una identidad, pues expresaría o no los dos términos o planos (el real y el evocado), pero si aparecen ambos se tiende a suprimir los nexos comparativos, afirmándose que serían idénticos. Por ejemplo, <<Sus dientes son perlas>> (A es B).  De esta guisa, la metáfora exageraría la identidad, más allá de su límite verídico, dándole valor poético, pues este tropo empieza a manifestar el sentido de belleza donde su porción verdadera concluye.

Para enfatizar aún más en las clases de metáfora, me es útil en este ensayo remarcar lo concerniente a la Metáfora Impura. Esta es la que conserva los términos reales e imaginarios (aparecen los dos planos: A y B), pero faltaría el nexo comparativo.
Otra vertiente metafórica es la denominada Metáfora pura, siendo aquella en la cual ha desaparecido el término real, subsistiendo solamente el término metafórico. Esto explicado a su vez como, la palabra que designaría los elementos irreales de la imagen, una vez los reales quedan tácitos, ejemplo: <<las perlas>>  (en lugar de “sus dientes”).
Otras de las características relevantes en la metáfora sería la figuración a partir del tropo. Dicha figuración, contendría una carga subjetiva, en tanto representación individual, tanto para el emisor de la misma, como para el receptor, oyente o lector.

Si yo expresase: “El luminar de la noche, desde su emporio argentado, acaudilla el cuerpo de Neptuno”, tanto lector como oyente, empezarían por crear relaciones en la representatividad de sus fueros mentales. El primer vínculo, propio de un elemento universalmente conocido, lo aportaría el nombre: noche, pues, a más de ser concebida como ausencia del día, sería consabida por una información dada o transmitida a través de la cultura, pues, noche, es válida en todas partes del orbe. La palabra luminar que significa estrella, probablemente implicaría una indagación semántica de la misma, y en haciéndolo, encontraríamos su relación con la nocturnidad, develando su jerarquía por la referencia a su singularidad (el).
La sola proposición: <<El luminar de la noche>>, buscaría por sí misma un ámbito de continuidad, un amparo de relaciones, cuya evidencia estribaría en la sola mención de la expresión. Una vez encaramos otra de las cláusulas inherentes a la proposición molecular de esta metáfora, <<Emporio argentado>>, llegaríamos, a través de un proceso semántico-asociativo, a la consideración de significación que designa un núcleo o centro de plata, o bien, cuya entidad constitutiva poseyera las características propias de este metal blanco.
En virtud de un proceso asociativo-referencial, se alcanzaría determinada “cercanía conceptual”, es decir, “eso que posee características de plata y que en las noches ostenta su lucencia”. Ello ya indicaría una suerte de proximidad al grado connotativo atingente a un cuerpo celeste sujeto a visibilidad en la noche, y cuya presencia irradia cierto brillo semejante al que dimana de la plata.

De igual manera, por conocimiento referencial, llegaríamos al cariz semántico, en cuya esfera se vería comprendida la posibilidad de tratarse de la estrella o luminar, cuyas características son platinadas. De esta suerte, y por un proceso de “destilación semántico-connotativo” el significado se anunciaría tras el amparo de significar una estrella y no así un planeta, y cuyo aspecto es blanco, cercano a lo plateado.

Ulteriormente, y a la vez mediando referencialidad, se develaría que, acaudillar, como un término verbal que designa el saber conducir algo o alguien, comportaría por sí mismo una prospectiva de identidad. En ello pretendo referirme  a esa noción implícita que llevan los verbos, como un término medio que necesitase de extremidades, ya de “pies” o bien, de “cabeza”, por ser un elemento inconexo.
Hasta aquí, la proposición que refiere a la dirección por parte de una estrella, cuyas características son las propias de la plata, y que refulge en las noches, nos traslada a una probabilidad de significado. Podría bien representarse la idea de varias estrellas e incluso astros, de alcance visual una vez el ciclo diurno concluye.

Se podrían considerar a la estrella Polar, también – ensayando probabilidades subjetivas, pese a la facticidad semántica adquirida –  se considerarían a Venus, a Saturno y, sin excepción, a la Luna. En este punto, el factor subjetivo adscrito a la representatividad como figuración, desempeñaría un papel incidente. En ese instante limítrofe donde la proposición: “El luminar de la noche, desde su emporio argentado acaudilla”, se otorga como una consumación expresiva, el imaginario individual crearía bocetos figurativos. Una estrella nocturna, que esplendesce y a la vez propicia una conducción, muy bien podría asociarse a una direccionalidad astrofísica, ejercida dese su fóculo presente.

Y bien, por ese sentido de conducción, se asociarían elementos suyos establecidos en un orden subalterno, tal como lo subyacente al radio celeste de astros y estrellas.  Y si por algo que brinda o encauza dirección y conduce, la representación receptiva se doblegaría a considerar una influencia ejercida ante lo meramente animado, en su peculiaridad afectiva, la cuestión propendería a otras consideraciones.
Según estas propincuidades o cercanías de significado, el lector u oyente podría bien inquirir ¿Cuál podría ser esa relación suscitada entre una estrella y un ser animado o inanimado? ¿Cómo se daría esta vinculación y por qué?, y sobre todo, ¿Cuál de los seres animados o inanimados, podría ser susceptible a ese influjo, que le llevase a verse direccionado o comandado por la aludida estrella?

En la mera obviedad de esta implicación de noción y relación inmediata, acaecida en el imaginario, es donde yo daría cabida a las posibilidades de tales funciones relacionales. Es evidente que, en el decurso de estos acercamientos y oscilaciones develatorios, la incidencia psicológica desempeña un ciclo de mociones, es decir, de instigaciones por parte de los miembros del enunciado literario.
Esta “ofrenda” del recurso asociativo pre-semántico, como mero recurso de referencia ambigua, genera algo así como un “florilegio de concepciones”, fruto de las relaciones, mismas que nos harían vivir otras secuencias de existencia. ¿Por qué?
Como consecuencia de las aludidas vinculaciones, las “engarzaduras” suscitadas desde lo posible, a la manera de aproximación semántica, consolidarían “hechos” en el estrato de las proposiciones, ensayadas en la mente. Estos recursos proposicionales significarían vivencias por referencia, es decir, breves lapsos de existencia paralela, derivados de lo descriptivo-imágico y relacional.

Dichos periodos de vivencia alterna, surgirían a partir de ese discurrir por los vericuetos de lo pre-semántico, como por ejemplo: ¿Es una de las estrellas en mención? Y aquí, un fluir de imágenes acometerían la representación individual e individuante de lo figurado, siendo por lo tanto, vivencia referida por lo referido, especie de secuencia subjetiva de otro nivel de existencia.

Finalmente, llegamos a la “extremidad inferior” de la proposición. Comenzando por la terminación de la metáfora, confrontamos un nombre de carga mitológica eminente. Aquí, la nomenclatura en mención, encierra variopintas connotaciones, mismas que por referencia nos harían “eslabonar” el impacto semántico de lo que se nombra con la designación referida.
Por referencialidad mitológica, alcanzaríamos la significación que, el nombre en juego representa la figura de un dios. Como personaje del entramado mitológico (griego o romano), identificaríamos, a través de vinculaciones semánticas, al dios del océano: Neptuno.
Tras dicha figuración, develaríamos, siempre mediante el recurso de instancias referidas, determinada imaginería antropomórfica de un híbrido entre hombre y pez, sujetando un tridente en su mano. Obtendríamos a la vez la relación de un ser divino cuya función estriba en la regencia circunscrita al reino del mar, y como elemento constitutivo, de sus aguas. Por ende, este dios del océano, tendría predominio sobre uno de los elementos, siendo este el agua como tal.

Posterior a este hallazgo semántico, librado ya por lo referido oral o lo indagado por vía escritural, surgiría la relación <<cuerpo de Neptuno>>, de la cual se inferiría, siempre por vinculación connotativa, que, dicho cuerpo, asociado al sentido constitutivo del reino al que el dios preside, aludiría  no más que al elemento acuífero.

Tal cual posible inferencia del “rastro proposicional” impreso por esta concepción tropológica, se podría representar: “El luminar que resulta ser la luna – en esta acepción –, posee influencia sobre las aguas del mar, extensión de dicha solución acuática, sujeta a las direcciones de la estrella mencionada”.
Como resulta evidente, esta metáfora impura despliega en la imaginación toda una sarta de relaciones figurativas, de imágenes, de aproximaciones y símiles, en cuyo ámbito de referencia se proyectaría sinnúmero de visos subrepticios u ocultos tras la estructura metafórica.
Es casi fabuloso, por utilizar este término, caer en la cuenta de la riqueza asociativa y connotativa que gira en derredor de un tropo como este. El acervo de lo connotativo aunado al atesoramiento representativo, inherente a la subjetividad, confieren a este recurso literario una esfera emocional, cultural y folklórica.
    
La metáfora es, a mi juicio, uno de los recursos literarios más ricos que pueden, de hecho, escatimar la tan copiosa y fecunda terminología proposicional en todas sus gamas.
Alberga en sí las extensiones y horizontes descriptivos más circunstanciados, y ello en un solo plano de referencia, que es ese giro que nombra sin hacerlo directamente. En su implicación comparativa estriba su riqueza, misma que nos muestra el nombre en su efecto de no nombrarlo.


Conclusión

Es por ello por lo que, desde mi punto de vista, el uso de este tropo (la metáfora), tan empleado en el lenguaje coloquial y culterano, debería ser más indagado, pues ofrece todo un cosmos de aplicaciones en el tópico del arte descriptivo. El recurso metafórico representa una economía del lenguaje, porque reduce la cantidad de palabras , y en este, se consolida un marco de aplicación referencial, siempre variada, tanto para el uso escrito, como para la aplicación oral.
En su uso escritural propiamente, puede otorgar elegancia y brevedad a una idea, a un deseo, a un anhelo, a una significación. En su forma de transmisión predicativa, la metáfora ofrece toda una gama de posibilidades para mostrar lo que aun no se conoce, dándole matices variados y agradables al oído.


Ave de nieve que hendiendo espumas
de ese cristal lascivo donde cantas,
las cándidas espumas que levantas
son igual competencia de tus plumas.

No es bien que cuando mueres lo presumas,
porque tu vida empieza en lo que cantas,
que a tus méritos propios te adelantas,
para adquirir las alabanzas sumas.

(Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo.-1581)


J.M.G  


[1]  De mi propia autoría.